04 septiembre 2017

Al calor del sol en una calle



Este post lo escribí antes del anterior pero el tono alegre y dicharachero no tocaba en ese momento así que lo incluyo ahora. Es de principios de Agosto. Qué tiempos aquellos. 

Teníamos que resolver algunos asuntos con el banco. En realidad ella, mi compañera. Su última lucha era reclamarle algo al Goliath particular que lleva nuestra hipoteca. Yo decidí quedarme al sol y con un libro. Iba para largo. Me defendí del calor con una gorra. Con la visera en el lado adecuado, por delante (he observado que los adolescentes la llevan para atrás consiguiendo subrayar con ese aspecto la imbecilidad que ya les presupongo debido a su edad).
Era el Paseo de Gracia de Barcelona. Una de las calles más caras del mundo. Por eso la gente sólo pasea y observa o hace fotos. Si fuera un alien podría haber recogido muestras de humanos de cualquier lugar del planeta en pocos minutos.
De todas formas si pasáis por allí y os encontráis con un argelino de aproximadamente uno con sesenta y ocho de alto, de complexión media y con el cabello hecho de rizos diminutos y moreno tendréis un ejemplo más pintoresco de lo que se cuece por ese lugar. El contraste. Tiendas en las que no se puede comprar por el precio y alquileres de ciencia ficción sobre vendedores del top manta y mendigos. Alguno de ellos como el que me ocupa, con más cara que espalda.
Le conocí hace unos diez años ya. Se me acercó sonriente pero predecible. Me quería hacer una pregunta. Ya por esa época me sabía el libreto. Que si había perdido la cartera y perdía el último tren para su lejano pueblo que salía a cualquier hora del día, podían ser las doce del mediodía, que si le prestaba algo para no quedarse en la estacada, blah, blah, blah... Un clásico, vamos. Yo le dije que no llevaba nada y él empezó a llamarme racista. Yo me enfadé por esa agresividad pedigüeña y le mandé a la mierda. Hasta le dije que sí, que yo debía ser racista porque me estaban entrando ganas de soltarle una buena hostia y luego tirarle al suelo y patearle la cabeza. Al decírselo a gritos le parecieron buenos argumentos porque se fue. La gente que me escuchó y miraba también se alejó. Si ves a alguien gritando siempre parece el malo. Y puede que así sea.
Con el tiempo lo he visto más veces. Cuando me reconoce pasa de mí pero le he visto hacer lo mismo con otros. Se acerca a un turista, le pregunta el idioma, le habla en inglés, francés y castellano. Luego le explica que ha perdido el tren. Si le dicen que no hay dinero empieza con lo de “¡racista, racista!”. Una década en la que el tipo no se ha aprendido los horarios de los trenes ni a guardar la cartera con el dinero.
Como estaba leyendo y con gorra se me acercó con lo de “¿Te puedo hacer una pregunta?”. Le reconocí sin verle así que levanté la cabeza y le dije con mi diplomática forma de gestionar estos conflictos un rotundo y casi enloquecido “¡No!”. Le vi el odio y el reconocimiento en los ojos. Iba a responderme. Pero apareció una chica sonriente que me quería hacer otra pregunta. “¿Disculpe, la calle Aragón?”  Mientras le respondía, el tipo se fue alejando pero de vez en cuando se volvía y me miraba con ganas de volver y tal vez apuñalarme (pero es una calle tan concurrida…). 
Luego ya me convertí en un punto de información más amable. Otra chica que iba con el novio que se quedó en segundo plano y como si la cosa no fuera con él, me preguntó que dónde estaba el metro más cercano. Esto de los hombres que no quieren preguntar a otros hombres ni a nadie y dejan que sus parejas femeninas lo hagan por ellos debe ser porque demostrar ignorancia les hace o nos hace sentir como que tenemos la polla más pequeña. Lo he visto mucho. Yo mismo lo he practicado pero no sabría decir por qué soy tan reacio a ir preguntando por ahí. Siempre es igual. Ellas se acercan y formulan la cuestión. Ellos miran para otro lado. Alguno por lo menos se recupera y te da las gracias por la información al unísono con su pareja.
En poco más de media hora informé sobre diversas calles cercanas, medios de transporte, la ubicación de varios monumentos importantes, me cambié de farola para que un tipo con acento eslavo colocase su bici con cadena, me sumé a un grupo de turistas al que un guía les explicaba en inglés la Pedrera de Gaudí… No leí mucho pero estuve entretenido. Luego mi compañera salió contenta y casi helada por el aire acondicionado de la oficina del banco y nos regresamos para casa.
Cerca del metro vi algo que me interesaba. Era el de Algeria, estaba a punto de preguntarle algo a un turista. Le di los horarios de trenes y me fui dejándole mirando el panfleto.
-      ¿Qué haces?- me dice mi compañera.
-      Buscando que me partan la cara.
Ella se encoge de hombros y me dice que como siempre, pero que ya se lo contaré. Tiene que explicarme lo del banco. Sus nuevos triunfos legales.
Vosotros ya estáis avisados por si alguna vez os pasáis por ahí. Os he presentado al individuo. ¿Subvenciones a los pierdetrenes y pierdecarteras? Es vuestra decisión, yo en eso no me meto.  


23 agosto 2017

Atentado en Barcelona



5:15 Estaba en el trabajo. Todavía molesto porque habíamos discutido en casa. Eso hizo que cuando escuché gritos por la calle, pensase en forma de gruñidos contra los alborotadores. “Como salga, van a tener motivos para montar escándalo esos turistas borrachos”, pensé. Pero miré un monitor de control y vi que no había nadie. Se habían ido los alborotadores.

5:20 Un compañero entró en el trabajo y preguntó. “¿Por qué corre la gente por el Paseo de Gracia?”. Yo me encogí de hombros y él entendió que allí dentro sabíamos tanto o menos que el que venía de fuera. Por más que lo hiciera en coche.
Le llamaron por el móvil. Le escuché exclamar “¡Hostia!” mientras más gente aparecía y desaparecía a la carrera por el monitor. Y al verles correr de esa forma ya supe lo que pasaba. Cierto atavismo me dijo sin palabras que esa gente a la que veía tan mal y escuchaba de lejos, se movía con un terror que no he visto nunca antes. Busqué en el móvil del trabajo las noticias del día. Me salió la de un diario digital muy conocido.  Me había dejado mi propio móvil en casa, durmiendo al calor de la tarde como suele pasarle tantas veces en que lo abandono o sencillamente lo apago.  
El atentado había ocurrido unos veinte minutos atrás, en Plaza Cataluña, a dos calles de dónde estábamos. Y sí, ya todos los que estábamos o iban llegando venían con sus relatos, con sus hipótesis  o con sus miedos. Las tablets, los móviles y hasta el monitor de televisión que teníamos nos fueron informando de lo que sucedía. El sonido de los helicópteros en las pantallas se ahogaba con el ruido de los helicópteros reales que nos sobrevolaban.

18:00 Gente que pasa por la calle a la que conocemos y nos cuenta que estaba a punto de ir a pasear por la Rambla. Nos informan que todas las persianas de los comercios de la zona están bajadas.

19:15 Salgo a que me dé el aire, se oye un frenazo de coche y dos asiáticas gritan y me asustan a mí. Cualquier ruido afecta a la gente que pasea. Si tienen miedo, ¿por qué se quedan a molestar a la policía? Ah, sí, porque las muy gilipollas llevan un móvil con el que intentan filmar algo para reenviarlo por internet. Veo algunos adolescentes morbosos también con sus móviles a los que me encantaría enfundarles sus cacharros en el recto. Pero es inútil. No entenderían mi mensaje. El odio o la rabia se expresan mal.  

20:00 Vuelvo a salir y vuelvo a ver gente gritando por el sonido de una mosca (no tinc por? Ja,ja claro que tienen miedo, todos tienen miedo, no vengáis luego a decir que no os dan miedo los terroristas a no ser que consigáis convenceros a vosotros mismos y algo adelantemos). La policía saca a los de la tienda vecina y les dice que no hay peligro. A mí me dicen lo mismo pero que no vayamos por la zona acordonada.   
Yo no he conseguido sentir que la cosa fuera conmigo. Me siento alienado, sigo sin asimilar ese miedo. Pero al menos no molesto ni me meto en el trabajo policial o voy a hacer retratos innecesarios con mi móvil. Bueno, no lo llevo encima pero es que tampoco, vamos.

20:30 Llamo a mi madre desde el móvil de la empresa. Sabe que trabajo cerca y ha estado llamándome. Me pregunto si mi compañera seguirá molesta conmigo o también me ha estado llamando.

21:30 Un silencio casi sobrecogedor por dónde estoy. Sólo roto por el de las ambulancias y la policía en sus pesquisas.

23:00 Me voy para casa. En Plaza Cataluña no hay metro, en Paseo de gracia no hay tren. Camino hasta Universitat y tampoco hay metro. Todo acordonado. Vecinos que no pueden acceder a su casa increpan con insultos a la policía (en realidad sólo uno con aspecto de okupa, muy sucio de aspecto y de lengua y puede que de mente pero no le secunda casi nadie la pobreza de espíritu). Por fin consigo medio de transporte en Urgell.

23:45 Miro la televisión y no hay nada nuevo salvo las muertes confirmadas (que ya sabía mucha gente desde el minuto uno pero ya se sabe que lo de confirmar va con retraso). También que han abatido a uno de los criminales en un control. Enciendo mi móvil y veo que mi compañera me decía que llamase a mi madre sobre las siete de la tarde. Ella está ahora en su cuarto pero no duerme aunque tiene que madrugar. Oigo su radio transmitir.

Y al día siguiente el segundo atentado que suele acompañar al primero en Cambrils. Un poco más de sangre para la historia. En nombre de Alá. Yo pensaba que la gente creía en Dios para buscarse una vida futura no parar acabar con la que tienen.

A día de hoy, y a casi una semana vista del asunto veo lo de siempre. La gente diciendo lo que en todos los atentados. Los mismos apoyos a los unos. La misma repulsa a los otros. Los gestos infantiles de sacar pecho y decir que no nos dan miedo cuando sabes que si pones un petardo en sus manifestaciones la gente se matará literalmente por huir y sí, les vencerá la histeria colectiva.   
Lo que me preocupa por encima de todo es el bucle. Si cogen a un psicópata, la historia muere con él. Pero los terroristas son diferentes. Son muchos, lo están intentando todo el tiempo, no tienen miedo (ellos sí que parecen no tenerlo o por lo menos van drogados)…  Es un bucle porque todo esto lo hemos vivido ya y lo seguimos viviendo igual y todo indica que lo seguiremos viviendo. No veo avances ni nada que me inspire tranquilidad. Al final solo me inspira tranquilidad mi propio desapego. A la estadística me encomiendo y si muere más gente por accidente de tráfico que por terrorismo, pues con eso me quedo.
Una educadora social que es casi de mi gremio (estudié pedagogía) llora un poco en la prensa por sus “niños”, esos cariñosos terroristas a los que educó y se pregunta en qué ha fallado con ellos. No sé en qué ha fallado con esos chicos. Creo que más bien acertó el imán que les lavó el cerebro. Lo que sí sé es que se podía haber metido su carta lacrimógena y empática en el culo. No es momento para llorar por lo que hiciste tú o la sociedad, amiga. Vete a llorar terroristas a tu casa y respeta a la gente que está llorando a las verdaderas víctimas, los que murieron o fueron heridos o marcados por un trauma para el resto de su vida. Respeta a esta gente.
Hacemos bien en no culpabilizar a todos los musulmanes. Eso no nos va ayudar. Pero esos ejercicios masoquistas de “la sociedad esto” y “la sociedad lo otro” me enferman. En todas las sociedades hay fundamentalistas que quieren destruirlas (no solo musulmanes radicales, mira los supremacistas blancos por ejemplo). Hoy en día es más fácil matar por poco dinero. Pero la mayoría de la gente, le guste o no su sociedad, no sale a asesinar inocentes. El problema es tan complejo que honestamente no sabemos dónde está.
Sí, hay un Estado islámico que nos odia, hay una religión que malinterpretada o interpretada parcialmente puede ser muy dañina (como todas), hay un occidente cuyos gobernantes venden armas a oriente con las que este mismo oriente luego nos viene a matar…
Pero no tenemos ni la punta del iceberg del problema.
Supongo que lo que más me mosquea de todo esto es mi propia ignorancia sobre el asunto. Al menos la reconozco. Por eso es mejor que vaya dejando ya está larga entrada.

Tenía un post escrito hace dos semanas sobre Paseo de Gracia. Era en mi línea, claro. Pero como en cierta canción, “hoy no hay sonrisas”. 

29 julio 2017

Mi condena de tres meses a verano. Primer mes.



He estado de vacaciones. En el blog las comencé antes. No las he agotado todas, me gusta fragmentarlas para pensar que lo mejor no se ha terminado y no me toca volver a arrastrarme por un trabajo por el resto del año, que aún hay vida libre durante el curso 2017. Dejar un lugar indeterminado en el futuro cercano para volver a la parranda de la que nunca saldría si fuera rico.
He vuelto a disfrutar de la playa. Se ha vuelto un lugar común en este blog. Mi compañera no descarta sacarme a punta de pistola del país y hacerme regresar a nuestras antiguas visitas por Europa. Estaban bien. Menos cuando volaba en avión y alguna turbulencia me ponía al borde del infarto.
Tampoco echo de menos lo de ser yo el extraño en un lugar diferente, el fácilmente timable (especialmente por los taxistas, algunos de ellos, verdaderos carteristas con mucha intuición para apagar el taxímetro y cobrarte más con la intuición y el siempre inquietante “ojo de buen cubero”).
Tampoco tengo nostalgia por ese estrés de “tenemos que verlo todo”. Con esto me pasa como con ciertos cantantes en ciertos conciertos, que los veía mejor y más nítidos en la pantalla del televisor que in situ. Florencia me agotó la vista pero más las piernas, en Transilvania me volvió loco la gente que al verme solo (pero no solitario) me quiso inundar de compañía y de una semana de trasnochadas y madrugones extenuantes, en Viena mi sobrina me prestó su gripe pero bien, gracias, muy bonita; en Praga descubrí que hay gente más antipática que yo y que puede tratarse de un país completo… Y así sumo y sigo hasta llegar a este verano o el pasado dónde braceando en una playa de las siete de la tarde, hora en la que ya la gente se ha castigado tanto que me dejan la arena y el mar como si ya no lo quisieran, casi con la sensación de estar en un lugar privado, descubrí lo sencillo que es sentirse bien. Y los pocos kilómetros que necesito para lograrlo. Casi soy como un millennial, que al entender que el mundo virtual ha desvirtuado lo de ir a conocer sitios (se ven muy bien en sus dispositivos) optan por buscar sensaciones y no lugares. Supongo que habrán hecho lo de siempre. Ponerle un nombre en inglés a algo que ya conocíamos de otra forma y pensar que son sus descubridores. Pero yo no necesito nombrar a esto de buscar sensaciones agradables en vacaciones. Son “sensaciones” así que me limito a sentir y bracear por el agua.
También he descubierto que en los lugares costeros no se ven cucarachas. Así que este año me he evitado mis dos fobias preferidas, los insectos y viajar volando sobre grandes depósitos de combustible altamente inflamables (al menos de momento, mi compañera insiste en meterme en aviones y es muy convincente).
Me he sentido como el personaje de “Ciudadano Kane”. Un tipo que se hace rico y al final de su vida dice una palabra “Rosewood”, que sólo representa (alerta spoiler) el lugar de su infancia, como si lo más importante de su existencia no fuera su imperio económico y sí sus juegos en trineo por la nieve en su viejo pueblo natal. Pues yo di algunas vueltas por Europa, no muchas la verdad, y al final he regresado al mar primordial. Y me he sentido más descansado y feliz en lo de siempre que en lo otro.

Pero vamos, que en este plan pocos meneos buenos le puedo dar al blog. Las tonterías que me suelen pasar están ahí fuera.     

16 junio 2017

Autores airados



Recibo un mensaje de una comentarista habitual de mis blogs para que le borre un comentario suyo antiguo. “Que luego me explica”, asegura. Y lo hace en cuanto le comunico que su comentario ha pasado a mejor vida. Ahora sólo hay un vacío en el post que dice que ese comentario ha sido eliminado por un administrador del blog. Bien. Esos comentarios cortados siempre nos hacen soñar con lo que debe haber detrás. En este caso resuelvo el caso aquí mismo. 
Resulta que mi amiga bloguera ha tenido un problemilla.
No hace demasiado tiempo hizo la reseña de un libro en un reconocido lugar de reseñas. Se puntúan libros con estrellas y si te animas, escribes un comentario. Ella lo hizo con bastante respeto, la verdad. El libro no le había gustado por un problema con la simplicidad de sus conflictos pero alababa la imaginería de recrear un mundo particular como el de la autora. Nada más. Todo perfectamente respetable. Pero la sorpresa le llega cuando la autora se registra para puntuar el libro con cinco estrellas y soltarle un largo párrafo intentando que cambie su actitud negativa. Argumenta que un reputado psicólogo que conoce ella y a los demás no nos importa ha puesto el libro por las nubes (yo ni siquiera creo en la psicología, la mayoría de los que he conocido no están muy finos, lo siento por los que sí). Pero mi amiga, como es lógico, le responde que sí, que está bien pero que no puede cambiar su impresión sobre el libro, que lo que sintió leyéndolo sigue ahí. Que su crítica seguirá sin pasar de dos estrellas. También imagino que si tienes un mínimo de carácter no vas a decir que te gusta lo que te disgusta solo porque alguien interesado en el asunto te lo exija.
Pero la autora se pone salvaje y empieza a pedir que si alguien tiene opiniones negativas sobre un libro que se las guarde, que puede tirar por tierra el trabajo de un autor-a, su modo de vida y blah, blah, blah. Como le dice otro comentarista en el foro que se abre, esa señora solo quiere que exista el pensamiento único, el “buenismo”. Pero no acaba ahí su aventura.
La autora, cada vez más desatada y al parecer con enormes cantidades de tiempo libre, se desplaza hasta otro foro buscando la sangre de mi amiga, en este caso una página de bookcrossing dónde la localiza in fraganti, desfogándose de lo que le ha pasado. Allí pide a los administradores que pongan orden porque se está fomentando el odio hacia su libro. Claro, cuando lees debajo de una crítica moderada a su historia que la autora te censura por opinar libremente la gente se molesta. Será que a nadie le gusta ser dirigido-a. Y los lectores están diciendo que sus libros no se los van a comprar de ningún modo. Pero esto lo ha provocado su actitud, no la crítica de la bloguera. Hay formas de responder a una crítica mala que no te hundirán y son estas:
-      Argumentar sobre lo que te critican, por qué lo hiciste así pero respetar al que te ha criticado mal si no te ha insultado, no forzarle a cambiar de opinión.
-      Aceptar la crítica sin más y asegurar que lo tendrás en cuenta en el futuro (mi preferida).
-      Aceptar y agradecer que te hayan leído.
-      No decir nada. 
Lo de acosar al que ha dicho algo que no te gusta provoca más o menos lo contrario de lo que buscas.
Aunque mi amiga ha quitado los comentarios del foro de bookcrossing (innecesariamente, dudo que la ley te pueda meter una cadena perpetua porque no te haya gustado un libro) en el foro de la página de críticas han florecido montones de comentarios de gente que asegura que la actitud de la autora es intolerable. Tanto que esta ha borrado sus comentarios. Le ha salido el tiro por la culata. Ya dice bien uno de los comentarios, que esta señora necesita un buen community manager. Su carácter le ha hecho daño a su obra. Es como los padres que a fuerza de defender las barbaridades de sus hijos quedan mal ellos mismos y a sus hijos se les tolera todavía menos.
Es el mundo egocéntrico y narcisista de muchos autores.
Una de las primeras veces que “disfruté” de la ira inesperada de estos fue en una reunión de la biblioteca dónde trabajaba. Un reconocido divulgador del tebeo español en general y la escuela Bruguera en particular del que tengo un par de ensayos, hacía coloquios sobre un cómic. Uno de esos clubs de biblioteca en los que comentas la lectura del mes. A mí me invitaron porque trabajaba allí y sabían que me iba el tema (el director).
En un aparte del debate, el entendido dijo que sólo en España se había dado una rebelión de autores contra su propia empresa que les oprimía (la escapada de Vázquez y otros de Bruguera para fundar su propia empresa que acabó en fracaso allá por los sesenta). Yo recordé y expliqué que en América autores de Marvel y DC le hicieron un corte de mangas a estas empresas fundando la independiente Image. Y vi que varios asistentes entendidos reconocían la anécdota y asentían en silencio con la cabeza. Pues vaya, el que no asintió fue el señor que allí era amo del debate. Como todos los de su generación, debe andar por los sesenta años o más, piensa que en América sólo hay fascismo y nada de allí puede ser bueno, leer algún cómic de allí es cómo dejarte tentar por el demonio. Su comentario fue tan cortante como hiriente porque cuando iba a continuar con lo que decía me paró en seco:
-      Aquí el que está hablando soy yo, ¿Me puedes dejar seguir con lo que estoy explicando?
Como si yo hablase mucho en las reuniones. No había dicho nada en toda una hora de charla. Pero claro, lo que dije no le sentó bien. Y así puso punto final al asunto.
He leído en otros foros de un famoso crítico de cómics al que conozco, todo un influencer de las viñetas, que le denunciaron por atacar el dibujo de un compatriota español que dibuja superhéroes. El autor se puso como una moto y quiso ganar el paraíso de las buenas críticas cerrando la boca de los que no disfrutaban con su dibujo (por cierto, una porquería). Y lo malo es que cuando te amenazan con juzgados consiguen moderar los comentarios.
Yo no estoy defendiendo que entres como un troll a insultar a nadie. Pero opinar de forma razonada sobre un libro o lo que quieras no debería ser perseguido de este modo.
Tengo más historias de autores brutales. Conozco a un autopublicado que es una mala bestia, si no he contado nada de él por aquí antes es porque me avergüenza esa vieja historia que me sucedió hace dos o tres años ya.
Pero de momento ahí queda.
Casi siempre, lo mejor de los escritores son sus libros. Para todo lo demás, quedad con personas. Y si os hacéis escritores o escritoras de éxito (ya conozco a varios-as de vosotros que dais la talla), no dejéis que se os meta el virus dentro. Por fa.

  


26 mayo 2017

El precio de la compañía



Llené el estómago. Muy buena la comida. Ahora lo que me iban a llenar era la cabeza. De problemas ajenos. Y adoro que lo hagan. Debo ser de los pocos hombres que realmente escuchan con interés ese tipo de asuntos. Aunque sea porque luego tengo algo que escribir a falta de hacerlo sobre mis propias miserias (aunque de esas tengo muchas y vergonzosas y tendrán que caer tarde o temprano).
Fuimos a tomar el café a otro sitio. Allí, sin mediar más conversaciones puente me desarrolló su historia. Se notaba que le dolía, estaba muy alterada:

Ella- ¿Recuerdas aquel tipo con el que salía cuando trabajábamos juntos tu y yo?

Sí, lo recordaba. Me apareció una ficha mental del pájaro. Sus méritos empezaban y acababan en que era alto. El resto era una impresionante cara de retrasado y a veces de retrasado con mala leche. Quedaba con ella un par de veces al año. Yo a eso no me veo con el ánimo de llamarlo relación. La señora Teresa y yo somos más íntimos salvo por el hecho de que no quedamos para hacer nada íntimo.
Cada seis meses el tipo aparecía en la vida de mi excompañera de trabajo, follaban en su casa y luego él ponía la excusa de que no le gustaban las obligaciones y desaparecía medio añito más. A lo mejor es que es un tipo de recuperación lenta y necesita seis meses para recuperar la buena forma física.
Tras su desaparición mi amiga y su hermana aprovechaban la mensajería gratuita que ofrece el whatsapp para insultarle de variadas formas una de las cuales premio por su imaginería y originalidad rencorosa: “gordo verrugoso”.  Tras el cese de hostilidades pasaban los meses, el gordo verrugoso volvía a recuperarse, la llamaba y vuelta a pegar el polvo semestral.

Ella- Ya no estoy con él.

Yo- La última vez que hablamos ya no estabas con él.

Ella- No, bueno… No me llamaba pero pasó un tiempo y recibí un mensaje suyo. Lo hicimos dos veces. Luego desapareció. Pero mi hermana se hizo pasar por otra persona en una cuenta falsa de facebook. Allí descubrió que el muy cabrón tenía novia. Ya sabes como es mi hermana- sí, lo sé, fue la que inventó lo de gordo verrugoso y en una ocasión le rompió la antena del coche y otros gadgets al tipo- Pues le explicó todo a la novia. Así que él se enfadó y claro, no me llamó. Aunque después de más tiempo regresó con uno de sus mensajitos. Yo no quería quedar porque me sentía muy tonta. Pero lo hice. ¿Y sabes lo que me dice el muy gilipollas? ¡Que la chupo muy bien! Que me llama porque la chupo bien.

Yo- Para algunos gilipollas es una virtud muy importante. Y hasta para otros que no lo son.

Ella- Ya, pero es que por muy bien que se lo haga, el tío luego va y me dice que se va a Madrid y que no nos veremos durante unos meses. Me sigue tomando por idiota. No sé qué quiere de mí.

Yo- Pues está claro. Lo que le das a cambio de nada. ¿Has pensado en no quedar con él cuando le va bien? ¿O en no verle más?

Ella- Sí, pero ya sabes. Él me llama cuando le dejan colgado y no le hacen caso. Yo acabo cayendo por eso mismo. Porque si estuviera ocupada y menos aburrida no le llamaba ni loca.

Esta historia la escucho muy a menudo. El mundo se mueve a veces por la necesidad de un contacto que suele salir muy caro. El miedo a la soledad genera muchas víctimas como mi amiga. No es tonta. Es vulnerable.
La mayoría de la gente vende su dignidad por no estar sola.
Me voy a buscar por la agenda algún amigo que valga la pena pero no le puedo prometer nada.
Hace años leí sobre un caníbal que se quería comer a un tipo. ¡Y lo encontró por internet! ¿Cómo es posible que por internet encuentres alguien que quiere que lo despedaces, lo cocines y te lo comas y no es posible encontrar una pareja mejor que el tipejo de esta historia?


08 mayo 2017

Los celos de Pierrot



Era la oscura y lamentable época en la que tenía una amante y millones de problemas. Todos creados y manufacturados a partes iguales por mi mala cabeza y mis genitales.  Mi amante tenía celos de la primera dama. A nadie le gusta ser el segundo plato de nadie. Incluso aunque lo sea y el primer plato ya estuviera servido cuando llegó.
Escribí algo sobre los celos en este blog (allá por el 2008). Algo para divertirme un rato y olvidarme de lo que me agobiaba en la vida haciendo el payaso en la red. Fue mi historia más exitosa. Si dejo de escribir y miro las estadísticas no hay día que no entre alguien en este blog. Pero no a buscar una posible nueva entrada. Eso da igual. Entran a ese post titulado “Celos retrospectivos”. Si lo hubiese etiquetado serían más (he puesto celos en el título de este post más gratuitamente, para provocar similar efecto pero ya sabéis lo que me comeré). Todos los días recibe visitas. Han pasado algo más de diez mil visitantes y cada día, de manera modesta, continua subiendo el contador.
Imagino a gente desesperada con lo que más les duele en la vida y buscan páginas dónde salga ese sentimiento que tan mal le sentó a Otelo.
Hace poco vi que algunos visitantes incluso comentaban y al ver que yo les respondía lo daban por actual y se animaban. Son hombres y mujeres pero más lo primero. Ya he tenido unas cuantas historias gracias a esos comentarios “retrospectivos”. Me han confundido con un especialista psicólogo. Uno me pide recomendaciones sobre libros que traten sobre los celos. Me halaga casi tanto como me desespera. Se han saltado el tono lúdico del post y se han centrado en lo que les obsesiona, imagino. Un día me voy a hacer gurú de la autoayuda y entonces sí que voy a ver dinero de verdad.
El primer comentarista era uno muy habitual de la época. Creo que durante un par de meses Pierrot inauguraba la caja de respuestas al blog. Mi tristemente famosa P., la amante celosa, siempre me preguntaba por lo que me parecía Pierrot. Y yo tenía que vigilar con lo que respondía. Había perdido al menos tres comentaristas porque mi amante tenía la mala manía de entrar en sus blogs y decirles cosas como:

Sé que eres una perra en celo. Pero S. es mío (yo era Houellebecq en esa época, ponedme el nombre que queráis, eran tiempos de mucho Nick, mucho antifaz y mucha tontería). Que sepas, zorra, que S. es mío y sólo mío, puta”   

Yo de eso me enteré mucho más tarde así que observaba las desapariciones de seguidoras como un proceso normal de desinterés y despedida a la francesa. Gente que comentaba semana sí y semana también se iba abruptamente para no volver nunca más. Aunque una no escapó. Se quedó para decirme que controlase a P. y me descubrió lo que ocurría, que Patry la había amenazado o insultado por comentarme.
Pero P. o Patry, decía yo, me solía preguntar mucho por Pierrot, ese-a comentarista misterioso que abría la caja de comentarios e inauguraba los debates a mis entradas.

-      No sé, parece una chica muy inteligente- me decía P.

-      ¿Chica? Puede ser un chico.


-       Sí, claro. No sé por qué habré dicho eso-dije yo.

-      Porque es lo que quieres.    


-      No, qué va, quiero que me lean. Para intimar me gustan solo las mujeres, quiero decir, tú. Para que me lean me van los lectores de ambos sexos. Manías mías.  

Y seguíamos con una inacabable conversación solo apta para paciencias del tamaño de los santos. Y con los santos ya sabemos que se exagera mucho.
Es cierto que yo quería dejarla. Pero no era menos cierto que trabajábamos juntos. Y que ella no se dejaba abandonar. Amenazaba con espectáculos maravillosos en mitad del trabajo (algunos cayeron y pude disfrutar de ser portada durante mucho tiempo en la prensa amarilla de los cotilleos laborales), venía con sus muñecas rasguñadas por cuchillas, se convertía en un ancla en mi cuello cuando iba a entrar en al autobús de vuelta a casa, me gritaba sus frustraciones cuando más gente teníamos cerca. Estaba en un verdadero lío que yo mismo había enredado por dejarme llevar.
Alguien me preguntó alguna vez si P. estaba loca. Yo respondía que hacer locuras no siempre es estar loco. En ciertos estados y ciertas situaciones ciertas personas sin madurez actúan de forma desproporcionada. Y ella tenía un problema y yo no sabía aliviárselo o no quería (así que ya veis qué psicólogo de chichinabo, ni siquiera creo en esa licenciatura).
Hasta que P. me dijo un día:

-      Pierrot soy yo. Estaba un poco celosa de esas guarras que te escriben y que se creen tan listas y me hice pasar por una comentarista tuya para saber cómo me responderías. Quería comentarte y ver si yo daba el nivel. Estar al mismo nivel intelectual de esas que te escriben- los hombres estaban libres de su ira y bueno, eran pocos, creo que leen menos.

Y sí, yo sigo defendiendo la cordura de P.

Pero bueno, algún problemilla tenía.   

17 abril 2017

Driving your girlfriend home









"I´m parking outside her home And we´re shaking hands Goodnight, so  politely"
                                                                                                                                                                  
 (Aparco enfrente de su casa Nos damos la mano,  Las buenas noches, tan educadamente. )


Morrissey, la canción que titula este post, 1991





Como esta semana tuve algunos días libres y en casa estábamos de morros L. y yo, aproveché para salir con una amiga a enviarnos mensajes de voz sin móvil en una cafetería.
Quedar con una amiga supone dar muchas explicaciones a mi compañera, mucha burocracia de la pequeña mentira por mi parte. Informes muy elaborados también que expliquen que no va a pasar nada entre alguien que tiene vagina y yo que tengo lo opuesto (o su complementario, depende del caso). Incluso cuando salgo con J. que es del sexo masculino no me libero de atraer sospechas como establecí varios posteos atrás. Si salgo solo por la puerta soy culpable en potencia de adulterio. Me alegra no tener perro o gato. Podría ser sospechoso incluso en casa.
Aunque yo insisto. El problema no es la tensión sexual que se establezca con una amiga. El problema es más bien destensarla. Ahí sí sería más culpable de algo como por ejemplo de ser débil. Ir a tomar café no es por tanto fiscalizable. Yo incluso vine más tenso de lo que me fui.
Pero no tenía que dar explicaciones. Estábamos muy disgustados. Y yo vivía ese intermedio conyugal como unas vacaciones. Sólo me molestaba vigilar los movimientos de L. con el oído o entreabriendo la puerta para que no nos cruzásemos en el pasillo. No me apetece verle la cara en esos casos. Ella parece vivirlo de otra forma por cómo me observa, más crispada. Consigue que el asco y el odio se den la mano a juzgar por su expresión. Y qué bien sabe L. recriminar con miradas. Yo lo intento frente al espejo y no recrimino ni la mitad de bien.
Así que salí con S., una amiga con la que comparto inicial y amigo (bueno, él es su pareja). Ellos también estaban de morros ¡Danger, danger! ¡Alta tensión! Menos mal que ojos recriminadores que no ven, recriminan menos.
Nuestra conversación se la comió en buena parte su monólogo. Pero estuvo bien. Es imaginativa sacando defectos. Y cruel. Y muy buena haciéndolo con humor. Fue un auténtico festín del cotilleo, lástima no poder compartirlo con la señora Teresa. S. me informó de intimidades sexuales patéticas de mi amigo, hizo hincapié en sus manías(sexuales o no), habló de su inseguridad, de sus celos, de sus arranques de rabieta infantil, de su comportamiento patriarcal hardcore (le pide vasos de agua cuando acaba de salir de la cocina y se sienta, sólo por verla moverse, dice). Yo asentía a casi todo pero sin pronunciarme en exceso. Pero ella quería que me mojase. Venía a por todas. No es un buen desfogue si tu contertulio no te da la razón. Así que le di dos respuestas:


   1. Carraspeé ganando tiempo, desvié la mirada y dije “bueno, es un asunto complicado…”
  
 2. Le dije algo como: “Tu pareja, mi amigo… por lo que cuentas acabo de entender que es escoria. Habría que escucharle a él también pero en principio y con los datos que tengo el tío es una auténtica mierda. Una auténtica revelación en el mundo de los hijos de puta. Normalmente insultamos así, “hijo de puta”, con mucha prodigalidad. Pero eso está mal. No debemos juzgar tanto al prójimo. Un hijo de puta de verdad es tu pareja. Con él sí que juzgamos con acierto. Es como el malo de una mala película donde los malos son muy malos y los buenos muy buenos, no tiene matices, sólo es basura que camina y respira. Déjalo si no dependes de él. Y luego denúnciale. Eso si es tan terrible como lo pintas y todo esto no es producto de tu enfado. Dicen que hasta los pederastas merecen un juicio justo pero este tipo no. Mejor contrata a alguien para que le dé una paliza y luego le enseñe formas increíbles y nuevas de usar una escoba que ni tú que le odias querrás saber. Habrás empleado bien el dinero con el sicario. Mucho mejor que con las reformas de la casa. IKEA o un atajo de paletas pueden cambiar tu hogar pero no a tu marido. A tu marido lo puedes cambiar haciendo que le rompan las piernas. Te sentirás mejor. ¿No crees?

Lo cierto es que os quería hackear un poco el cerebro con mis bonitas imágenes. De las dos respuestas sólo le di una y pensé la otra.
Hablamos un rato más, nos reímos, tomamos tanto café que lo que me quitó el sueño esa noche no fue ella si no la cafeína… y al final, como en la canción, nos despedimos.
Me ha llamado hace poco para decir que él está cediendo un poco. Vete a saber en qué. Después de lo que me contó es como si me dijera que Hitler había cedido un poco por matar más rápido.
En cualquier caso yo hice bien en solo carraspear y usar la respuesta corta. A estas horas ya se han arreglado esos dos. Y sé perfectamente contra quién habrían hecho causa común de usar la respuesta larga.
Es difícil aparentar ser una buena persona si vas diciendo por ahí lo que piensas.