11 febrero 2018

Terrores cotidianos




Lo que me gusta de la literatura es que no trata de lo políticamente correcto, ni de lo general o lo convencional, que mucha se centra en las sombras antes que en la luz de lo que vemos (eso lo hace cualquiera, ver lo evidente) y que nos demuestra que el mundo es eso que no vemos.
De la misma forma que los científicos han descubierto que en nuestro universo hay una cantidad de materia que no percibimos y de la que poco o nada sabemos, nuestra realidad también es esa superficie que esconde profundidades sorprendentes que no sospechamos.
Pero eso es lo que me divierte. Levantar una piedra y ver qué hay debajo escondido. O por lo menos encontrármelo sin esperarlo. Encontrar el escalofrío de suspense de película de Hitchcock en lo cotidiano.
Cuando llegué al trabajo me encontré a Fernando sacudiendo la cabeza frente al móvil de la empresa. Casi no me podía mirar a la cara, roja y cargada la suya de vergüenza ajena. De esa que dicen que es un sentimiento injusto porque sufres lo que debería sufrir otro.
-      No te vas a creer lo que he encontrado en el móvil de la empresa. Mira lo que hace Xavi cuando no estamos nosotros.
X. es otro compañero. Un tipo lleno de aristas interesantes, imperfecto como pocos. Bebedor habitual de esos que salen con el coche haciendo eses y nunca sabes si volverán por baja por enfermedad o accidente brutal. Al que ya le vimos algunas conversaciones en el móvil con travestis que le enviaban fotos y facilidades de pago. Él tiene mujer e hija. Pero parece que además tiene otras inquietudes menos visibles aunque más vistosas.
-      Toma- Fernando me entrega el móvil- Ha borrado las fotos de la galería pero si te vas a Picasa están allí y parece que no lo sabe.
Miro el móvil y las fotos que me ha seleccionado Fernando el pudoroso. Me hago el apunte mental de preguntarle si es testigo de Jehová o algo así porque no es normal que se ponga tan rojo con las vergüenzas de otra persona. Y nunca mejor dicho. Cuando observo el par de fotos seleccionadas veo una polla erecta saliendo de la nada presunta bragueta de X.. Ese pantalón es inconfundible. Creo que el miembro es suyo. Y la mano que lo rodea en la base también, tiene el anillo de compromiso de la boda, que no se diga que no es un romántico (es de lo que no hay, con la poca gente que lleva hoy en día esos anillos de boda y él hasta se lo fotografía en plena faena autoerótica).
-      Parece que cuando no hay gente cerca se entretiene… -acierto a decir.
-      Tiene más fotos enviadas de Whatsapp, qué vergüenza… Creo que no se lo voy a decir ni a mi mujer. Busca tu mismo las fotos, a mí me da cosa tocar la pantalla.
Como no quiero violentarle más no le digo que más “cosa” le debería dar tocar el móvil. Así que busco en las enviadas del teléfono y encuentro un par de archivos fotográficos. Uno donde le envía su cara (dura) a alguien y un segundo donde lo vemos en los servicios de la empresa, con los pantalones por los tobillos y desnudo de ahí para arriba, mostrando también su sexo en efervescencia y pidiéndole guerra a vete a saber quién, probablemente otro ser humano con aspecto de mujer pero sexo de hombre. Que X. trabaje poco o nada no significa que se esté todo el día de brazos cruzados. Este hombre tiene inquietudes y mucha iniciativa propia.
Fernando me dice que lo borremos todo. Yo le digo que haga lo que quiera. Tenemos un largo camino para mirarle a la cara al “nuevo compañero”. Fernando sin enrojecer, yo sin soltar una carcajada. Pero la vida está para reírse de nosotros.
Al poco tiempo aparezco por la empresa cuando me toca trabajar con X..
No pasa nada. Sé controlarme. Me maquillo de falsedad el rostro. Tengo la expresión de un jugador de póker que no sabe nada de X.. Me sonríe después de un tiempo que no hemos coincidido. Como si nada. Le sonrío como si no me lo imaginase desnudo en el servicio o en cualquier otro lugar de su pajilandia particular.
Me ofrece la mano. Y entonces ya no me hace gracia. Y temo por mi careta de falso porque observo la diestra como el que observa un pescado podrido frente a él y no me sale estrechársela. Me siento como en esas películas de Hitchcock que mencioné. Todo es tan cotidiano y horrible a la vez…   
   


22 enero 2018

No es no (cuñadismo 2)



Es una fuerza de la naturaleza. Me recuerda a esos psicópatas de película ante los que la víctima no puede hacer nada. Si te atan y han dicho que van a empezar a comerte a trocitos, no pierdas el tiempo razonando con ellos. Perderás un tiempo precioso. Ellos van a seguir afilando su cuchillo. Recapitula sobre tu vida porque es tu fin.  
Mi cuñado funciona un poco así. No acepta un no por respuesta. En realidad sería más honesto decir que ni lo oye. Las palabras son emitidas por el emisor pero lleva un impermeable en los oídos, le resbalan. Al menos las que no le interesan. No quiero pensar cómo fue el proceso de seducir a mi hermana pero a estas alturas se me ocurre que seguramente se podría denunciar. Seducción pegajosa por inundación y agotamiento de las reservas de fuerza de la seducida.
Le explico a mi cuñado que he sacado un tupper de comida que me ha ofrecido la madre de un amigo. Luego le explico las estadísticas sobre la comida que tiramos a la basura. Toneladas. Cada vez que perdemos la batalla de la predicción y se nos arruina un queso por abandonarlo mucho tiempo no solo tiramos el queso, tiramos el combustible del camión que costó llevarlo hasta el supermercado, la energía de la fábrica de envasado, los pastos que tomó la vaca y mucho más. Intento invocar un mundo más sostenible donde compramos lo que comemos y asiente. Está de acuerdo conmigo y es buena señal pero me dice que vamos a comer en su casa “sí o sí”. Yo le respondo que esa comida se tiene que comer hoy o ya otro día no será lo mismo. Él responde que puedo cenármela. Le he dicho que es muy pesada y que no me apetecerá para la cena. Me dice que por un día no pasa nada. Le digo que siempre dice lo mismo y eso son muchos días, se nos acumulan tanto los días excepcionales que se convierten en días rutinarios, le digo otra vez que tirar comida está mal y esa comida irá a la basura y está de acuerdo conmigo. Pero que ese día comemos en su casa.
Es algo habitual. Ya expliqué lo de sus vaciados de armarios. En el mismo plan.
Tiene muy poco oído musical. Realmente no le gusta casi nada de este arte. Creo que eso se extiende a las palabras. El mundo está hecho a su imagen y cabezonería. Y ahí se han juntado dos concepciones de la vida muy distintas. Si voy a su casa tengo que salir comido para toda la semana. Yo con lo de las comidas sociales tengo un trauma. Una vez me llevó mi padre a conocer a toda la familia y conocidos del pueblo y todos me ofrecían comida y yo no quería más y la lucha por que me dejasen en paz fue dura.
Creo que lo de ofrecer comida con insistencia compulsiva es una costumbre que algún día tendrá que revisarse. Los musulmanes y judíos llevan un par de milenios sin comer cerdo porque una plaga porcina les sentó mal a sus antepasados. Lo de los ofrecimientos de comida por cortesía no sé, supongo que en tiempos donde no teníamos sistemas de producción acojonantes como ahora y la gente peregrinaba a pie o caballo tras días de viaje se agradecía algo más que un café para el viajero agotado. Pero hoy en día, un tipo que viene comido de su casa, en una sociedad llena de atractivos azucarados, grasientos, salados… peligrosos hasta decir basta, un tipo que sale y casualmente se encuentra con su hermana y su cuñado tomando café cada dos por tres porque viven a cuatro minutos de casa, y en el que este suele invitarle amablemente a comer (una amabilidad llamémosla obligatoria, casi un deber), ha llegado el momento en que cuando digas “no, no me apetece”, se te entienda. En realidad mi hermana lo entiende fácilmente. Se lo dice. Con el mismo resultado. Pero mi hermana es una mujer. Y ha conocido a muchos hombres que cuando oyen “no” entienden “puede”, “tal vez” o directamente “claro que sí”. 
Así que a muchos les va a chocar por más que viniendo de mí todo es posible pero la última vez se la hice. Mi cuñado estaba cocinando a pesar de mi tupper abandonado y descongelándose preocupado porque no iban a rescatarlo. Le dije que iba un momento al servicio. Pasé frente a mi hermana y mi sobrina que estaba ausente por motivos de telefonía móvil, tablet y cascos. Le hice adiós con la mano a mi hermana y me largué peor que a  la francesa. Respecto a mi cuñado fue como irse a lo fuga de Alcatraz.
Después de esto alguien pensaría que se habrá molestado pero no, al menos eso tiene de bueno, que no es rencoroso. Me volvió a llamar para tomar café, en su casa me ofreció unos donuts que no quería porque de noche eran una tentación (me usa de vertedero), me invitó a cenar, le dije que los donuts, el café y sus aperitivos ya estaban de más. Volvió a no escuchar mis nuevos argumentos.

No sé si escucharía el nuevo portazo en su puerta.          

02 enero 2018

Instagram



Escribo esto desde el día dos del nuevo año. No le he pedido nada al 2018. Sólo noto que cambiamos de año porque suben los precios pero parece que no porque nos ilusionan cinco minutos con las rebajas. Por lo demás el 2018 no es un señor que me vaya a dar nada que le pida si no me pongo a buscarlo por mí mismo. Salvando las distancias soy como el personaje Conan el bárbaro de Robert E. Howard, un tipo que tenía un dios que pasaba de sus creyentes para que sus creyentes se sacasen ellos mismos las castañas del fuego. Para que pidieran menos y obrasen más. Me identifico entonces con los cimerios (aunque donde vivo los mossos me tienen prohibido arreglar las cosas a espadazos).    
Soy tan poco supersticioso que ni siquiera empiezo el año con la cara de Hámster que te dejan las uvas. Ni con lentejas ni con nada. Las campanadas me importan tanto como el vestido de la Pedroche, cero patatero. Pero como excusa para quedar con la familia ya va bien. Con todo lo malo que conlleva necesitar excusas para eso.
Aproveché para mirar mi Instagram desde el móvil de mi sobrina. Yo no soy capaz de encender el mío más de dos horas seguidas así que tampoco tengo un modelo que permita cargar esa aplicación. Me falta memoria. Lo tengo desde el PC pero desde ahí no me dejar colgar nada. O no sé. Tengo 23 seguidores de todos modos. Gente conocida y gente extraña que no conozco y que me sigue sin tener ni una sola publicación. ¿Por qué? Mi Instagram es tan divertido como ver crecer la hierba u observar a un muerto. Incluso aquello es más divertido. El muerto se corrompe y hay cambios, algún tipo de novedad. La hierba termina por hacerse más alta. Pero mi Instagram sigue igual, no aporta nada. Estoy viendo que en ciertas plataformas el término seguidor está sobrevalorado. Por lo demás es un mundo maravilloso.
De momento sólo encuentro valiosos los que aportan una buena foto o un buen texto con la foto. Los otros… Bueno, hay de todo. Tengo un amigo escritor que se ha liado con una chica que podía ser su hija. Se ha hecho un Risto en toda regla. No me parece mal pero ella siempre sale con la lengua fuera o poniendo morritos y él desde que está con ella también. Hasta el punto que si los veo por la calle y no deforman su cara de alguna forma voy a ser incapaz de reconocerles. Se han metido en el mundo de posar a cámara con cara de tener algún problema mental pero en plan divertido y ya no sé quiénes son. El resto es más de lo mismo de Facebook. Un álbum de fotos que antes te sacaban en las visitas ahora lo tienes a vista de propios y extraños. Nuevos sobrinos, hijos, familiares sonrientes, comidas de fin de año, sonrisas a cámara (eso a mí no me pasa porque es muy difícil captar una foto mía en la que no salga con un zapato en la mano a punto de tirárselo al que me quiere hacer una imagen “robada”), los platos cocinados que fotografiaron y que son como luz de las estrellas muertas que llega a la tierra, agua pasada, platos que ya no existen más que en el tracto digestivo de sus creadores…
Pero terminé el año con una seguidora razonable. Mi “querida” P. estaba por allí y la descubrí en el móvil de mi sobrina. No pude evitar mirar con la malsana curiosidad que sólo un ex puede desarrollar por esa relación que quedó incompleta. Hacía algunos años que no tenía imágenes suyas nuevas. Al menos en no mostrarnos mucho al mundo, P. y yo éramos y somos parecidos. Pero sólo descubrí que en su Instagram fotografía uñas postizas y cosas así. Tenía un par de fotografías más interesantes con sus pies, una de las cuales sobre el salpicadero de un coche frente a un mundo de autovías con escasa circulación y otra en Sitges, disfrutando del pasado Julio en una tumbona. Otra me mostraba su melena de espaldas. Me lo estaba poniendo muy difícil y mi sobrina ya había aguantado más de dos minutos sin su móvil y amenazaba con ponerse más violenta que yo que ya he dicho que soy un bárbaro cimerio. Pero entonces la vi. Tenía dos fotografías con su cara. Una en blanco y negro y borrosa con un perro en la que ponía un poco de morritos ¡Vale ya con las caritas estúpidas en los posados! ¿Somos niños o somos gilipollas? Pero en la otra fotografía posaba de modo relajado en una probable selfie. Era la nueva P., la que es ahora. Una imagen de pocos meses atrás. Con ocho “me gusta” reales y uno apócrifo y reservado, el mío. Una versión mejorada de la que conocí. La observé poniéndome de lado instintivamente, protegiendo el móvil, con lo que ya desperté como mínimo la curiosidad de mi “sobri” que dijo “¿escondes algo, tito?”. Le dije que estaba viendo el Instagram de David Bowie. Pero no pareció muy convencida. Me dijo que estaba muerto y no entendía por qué me estaba girando tanto en el sofá. “Es que estoy más cómodo en esta posición y los cantantes muertos, por cierto, tienen gente que les coloca fotos en su Instagram, dame un minuto más, sólo un minuto”, zanjé el tema. Y luego se lo robé como dos minutos hasta que mi sobrina intentó quitármelo de las manos, forcejeamos, le dije hola a alguien invisible detrás suyo, ella cayó y miró, le conseguí quitar el móvil me fui corriendo al cuarto de baño y allí cerré la sesión para terminar devolviéndoselo. Todavía no me lo ha perdonado y me hace preguntas incómodas. La curiosidad de los adolescentes es de un nivel infernal.  
Pero me había quedado fascinado por ese rostro. El de P..Más guapa que nunca. Aunque eso sí, luchando conmigo porque lo sé. Los males parecen mayores cuando se ven de lejos, decía Julio César. Los ex pueden parecer mejores también en Instagram, añado yo. Mucho mejores si no hay que tratar con alguien con quién sabes que hay química, pero de la que mezcla elementos y explotan y mueren todos. Por favor, tengo que recordar de una maldita vez que lo de ex fue por algo.

Feliz año.    

19 noviembre 2017

La importancia de la sanidad pública en nuestras vidas



Empecé a ver extraños símbolos en mi ojo izquierdo. Fabricados con hilos y moscas. Como me paso la vida leyendo, mi pseudomédico subconsciente me avisó que podía tratarse de un desprendimiento de retina. Como no me dolía, me lo tomé con algo más de calma de lo necesario. Lo justo para que en el ambulatorio la doctora me sacase la tarjeta amarilla por acudir dos días tarde. Añadió un extra de miedo psicológico hecho de silencios frente a la pantalla del ordenador, de mover la cabeza en negación callada, de decir “uy,uy” sin aportar nada más, de añadir un inútil “debió venir usted antes”(¿Se puede ir atrás en el tiempo y arreglar ese tipo de torpezas?), de…:
-      No quiero asustarle pero esto no me gusta nada- me dijo intentando no asustarme mediante el efectivo método de aterrorizarme.
Me estudió el ojo. Meneó la cabeza, me vi necesitando un Lazarillo de Tormes para hacer revival de la picaresca española. Volvió a preocuparse con esa extraña manera de no alarmarme. Finalmente me hizo un volante para urgencias y me deseó suerte como el que sabe que envía a alguien a una segura muerte. También me recordó que existen las analíticas y el maravilloso mundo de la medicina preventiva. Se quejó de que casi no tenía datos sobre mí. Será porque voy sólo al médico en caso de urgencias.
En urgencias, tras la burocracia de una recepcionista y una sala de espera me enviaron a la sala que me tocaba. La de los ojos enfermos. Rodeado de historias oculares para no dormir o por lo menos para hacerlo con la vista en muy mal estado. A una señora le bailaban los ojos en las órbitas, a un señor se le había llenado de manchas el mundo casi como a mí, un joven apretaba los dientes dolorido como un mártir de lienzo antiguo y miraba hacia arriba con los ojos cerrados mientras su pareja le daba besos en el cuello intentando sanarle con amor.
Y el tiempo se detuvo. La sanidad no tiene recursos para hacer que las urgencias sean verdaderamente urgentes.
Entré en el dulce coma del tedio. Quería entretenerme pero el móvil no es para mí y twitter estaba poco interesante, no me gustaban las tendencias del día. Cuando ya hacía el tonto con el buscador de voz de Google Chrome y le decía cosas como “biribiribiriri” a ver qué pasaba (nada), me llamaron. Vi la envidia en los insanos ojos de los que dejaba atrás.
Una joven muy guapa me echó unas gotas para dilatarme la pupila y ver mejor en detrimento de que lo hiciera yo, y comenzó a trastearme en los ojos. Que los moviera a derecha, izquierda, etc.:
-      Uuuummmm. Oh si…. Sigue así…. Lo haces muy bien… Oh, sí, sigue…
Esto que puede parecer el doblaje de una peli porno me pareció el nuevo tono amable para evitar irritar mas al paciente que tal y como dice su nombre, viene de al menos un par de horas de espera y ha perdido esa paciencia que se le supone por sustantivo. También he leído por ahí que se denuncia menos a los médicos que nos caen bien que a los que no. Independientemente de su competencia.
Me dijo que no me veía nada. Que estaba aprendiendo y tal. Llamó al médico que parecía capitanear el equipo. Un tipo joven y no menos amoroso que ella. Saltó desde su lado de la consulta como un simpático duendecillo y me lanzó un “¿Qué tal?” tan meloso que me recordó al modo paternalista con el que tratamos a los niños, los abuelos y los retrasados para que se sientan menos niños, abuelos o retrasados. Aunque yo un poco tonto sí me sentí. Ese amor de fiesta infantil no me acababa de convencer.
El tipo se puso con mi ojo. “Ummm, oh, sí, lo haces muy bien”, más de lo mismo. Me debieron tocar ese día los pervertidos. Aunque ahora la barba del tipo no me motivó tanto como para regresar a una erección. Pero su compañera ya se había ido a comer.
-      Creo que es un pequeño desgarro. No podemos dejarlo así. Si tengo libre la sala de operaciones te lo cierro ahora.
-      Si quiere vuelvo otro día- dije yo repentinamente preocupado.
-      No, espera fuera y ya te aviso.
Así que me devolvió al infierno de la sala de espera. Mucho más rato. Pendiente de una operación como el que espera una guillotina. Esto no entraba en mi guión, la vida te da sorpresas y no necesariamente buenas.
Regresé a molestar a Google Chrome y su búsqueda por voz: “trrrrrrrriitttpizzzz”. Nada, sin resultado. No busca sonidos sin sentido.
Finalmente salió el duendecillo saltarín. Con otro saltito. Que le acompañase a la operación. Tan contento como si fuésemos a celebrar mi cumpleaños con pastel de chocolate.
Pasamos los entresijos de un laberinto de pasillos, camillas y gente que corría por todos lados. Ya en la sala la operación debió durar cinco minutos. También tuve que hacer gimnasia de ojos y mirar para donde dijera mientras me jaleaba:
-      Oh, sí, lo haces muy bien, sigue así… Ahora sentirás un pinchazo en el ojo que te dolerá pero no pasa nada y… ya casi está, ooooooh, sí.
Me dijo que ya estaba y algunas indicaciones como que no moviera la cabeza como un loco durante unos días.
Ya en la calle me dirigí por un mundo distorsionado por las gotas dilatadoras de pupila. Un planeta plagado de sombras amenazadoras. La mayoría inofensivas salvo las que rugían como el motor de un coche o un autobús y amenazaban con aplastarme bajo sus ruedas.

Me moría de hambre. Había perdido medio día. Me metí en un local que olía a comida y pedí un kebab. Por el sabor parecía serlo pero no puedo asegurarlo. Como he dicho, no veía muy bien. 

30 octubre 2017

Un mundo en cada persona



Salgo temprano el Domingo. Ronda de cafés para todos menos para la de trece años, mi sobrina.
Esperamos a mi padre que ha decidido unirse a la manifestación. Mi madre dice que vale, que aprueba, pero que defiende la patria leyendo un libro en casa porque le da palo arreglarse. Y porque tampoco es que sea de salir mucho, le pasa como a mí pero en peor.
Mi cuñado llegará pronto con su armamento de cuñado. Es perfecto como opinador. Y esta situación es un no parar. Pero creo que esta vez ya estamos un poco cansados del tema. Incluso aunque nos manifestemos. Todo lo que digamos será utilizado en nuestro aburrimiento. Porque todo se ha dicho ya. Tuiteo un poco en plan conductor dominguero, con insultos de ida y vuelta. Me relaja. En notificaciones me han llamado facha (otra vez), gilipollas y dos tipos quieren que les chupe la polla. Literalmente. Creo que son homosexuales activos así que decido hacerme el interesante y no responder, dejarlos a la expectativa, como su presidente republicano cuando habla sin decir nada. Se añade un tercero que dice que me den por dónde sabe que me puede doler.   
-      Deja el móvil- me dice mi hermana- ¿No viene L.?
-      No, está en el polideportivo- miento, estamos en el mismo piso pero separados nuevamente por diferencias autistas del estilo España-Cataluña aunque no es la política la causa, claro.
Mi padre aparece con su capa de bandera española. Mal empezamos. Yo voy a manifestarme de una manera más suave, de civil. A mi padre y a mi sobrina les une en cambio el look carnaval. Da igual. Casi todos irán así. Yo de todos modos sigo con mi alergia a lucir distintivos.  
Terminamos los cafés. Hago una elipsis y aparecemos en Barcelona a las diez treinta. Ya hay mucha gente y trapos al viento. Como la guerra pero sin muertos y con mucho festejo. Todo son vivas. Se supone que desde el viernes estamos en una república pero sabemos que eso sólo existe en la mente del que la deseó.
Empieza a sonar Manolo escobar y miro con preocupación a mi padre. Sé que para eso es peor que yo con David Bowie y puede empezar a cantar, amenaza con hacerlo. Hora de largarme. Pero si me alejo mucho corremos el riesgo de extraviarnos. La mani es apretada en plan lata de sardinas. Cerca de las doce del día es difícil avanzar a un lado u otro. Pero veo a un par de vecinos y me dicen que ahora son exindepes y me dicen de tomar algo y les digo que sí.
-      Nos llamamos y quedamos luego- le digo a mi hermana y compañía.
-      Pero…
-      ¡Viva España! – y con esa respuesta que no deja responder desaparezco. Por cierto, Manolo Escobar aparece desde varios lugares, no sé quién lo reproduce ni de dónde llega pero es difícil esconderse de su fantasma sonoro.
Nos tomamos una cerveza, arreglamos la patria con la facilidad que da no tener la responsabilidad de hacerlo realmente y llamo a mi hermana.
-      ¡Estamos en Zara!- quiere decir que están a esa altura del paseo de Gracia. Voy para allá.
Veo un grupo de falangistas que asustan más de lo que convencen. En esta mani hay de todo. Como en todas, supongo, pero me molesta gritar cerca de esos tarados. Hay algo que está mal. Y que me hace sentir sucio.  
Vuelvo a mirar twiter y una chica asegura que soy un imbécil. Le explico que un insulto no es un argumento y pregunta que si soy gilipollas. No tengo tiempo para responderle ni ganas. Pongo cuatro tonterías más por la red del pajarito y me voy en busca de mi hermana. Pero casi no puedo moverme. Aquí ya no vas, te llevan. Es mejor dejar que pasen las proclamas desde el escenario y esto se deshaga, tampoco durará tanto.
Lo vivo como un día de fiesta. A veces grito con la multitud que te recarga de energía falsa borreguil y otras veces me acuerdo de mi madre tan ricamente sentada leyendo el último libro que le presté. Miro twitter una vez más y veo gente que también se acuerda de mi madre. Un saludo para todos, amigos.
A las dos y media siento que la multitud me desata. Grito un poco “¡Viva España!” cuando vuelvo a pasar cerca de falange o los de VOX (no vaya a ser que al verme sin bandera me crean republicano y me suelten una hostia o me pateen un rato en el suelo).
Estoy hablando con mi hermana por el móvil otra vez pero ya la veo a lo lejos, cerca de la Rambla.
Cuando me acerco veo con horror que mi padre ha empezado a animarse con Manolo Escobar que no se rinde. Y baila. Y mi sobrina le secunda.

Está claro que en el objetivo general de una manifestación coincidimos muchos. En los matices no. 

16 octubre 2017

Malos tiempos para casi todo



Una amiga me ha preguntado si todo el asunto este de la independencia ha mermado mi creatividad bloguera, que no publico. No. Más bien ciertos temas personales. No estoy en mi mejor momento a ningún nivel. Pero no vengo a contar mis miserias. Supongo que lo haré cuando pueda reírme de estas. Lo de la independencia, en cualquier caso, afecta de otros modos. He perdido un amigo de toda la vida de Facebook y un primo lejano que no me servía de mucho y al que no veo en persona desde que tenía cinco años. Parece que se alargará lo de nuestro futuro encuentro.
El amigo llevaba tiempo dando su “masterclass” de por qué España son los otros, la caverna, los fascistas, los que nos roban, etc. Lo que yo vengo a llamar sus mierdas. Un “corta y pega” de meses que me colapsaba el muro y asfixiaba los mensajes de gente que me importaba más que él. Este es el mismo que no comía tortilla de patatas porque le parecía muy española, la gastronomía también le parece facha. Matrícula de honor en gilipollez. Estos títulos los concedo yo en la academia que me acabo de inventar, no me hagáis caso, estoy un poco descontrolado.
La última fue cuando el amiguete llamó fascista a todo el que había ido a la manifestación unionista de hace ocho días. Yo, que no escribía mucho en facebook por no liarla y porque lo uso poco, esta vez sí hablé. Precisamente para liarla. El viejo Sergio de color verde furia que no me gusta. Y no me gusté otra vez. Qué asco de testosterona.

Yo- Yo no fui a esas manis porque estaba trabajando. Pero hubiese ido de poder. La independencia es una fuente de miserias económicas para todos. Y a mí las banderas me la sudan. ¿Soy fascista por haber ido? ¿Yo que nunca he usado esos trapos de colorines?

Él- Los que van a esas manifestaciones defienden el fascismo.

Yo- O sea que cuando veo a Otegui haciéndose la foto con tu amiga la Forcadell te puedo llamar terrorista a ti por estar en sus manis.

Él- Siempre estáis con lo mismo.     

Yo- Siempre os quedáis sin respuesta. Porque habláis como robots. Lo que diga la ANC u Ómnium. Yo al menos te respondo con mis palabras. Y no generalizo. En las manifestaciones hay gente de todo tipo. Y el trapo español no siempre es sinónimo de fachas. Vale ya de complejos, que la Guerra Civil no fue ayer, rencoroso de…

Él- Demuestras que eres un facha tú también.

Yo- Y tú un borrego, un auténtico lemming, un fanático, un…

Fin de la conversación y bloqueo. Por si acaso yo también lo bloqueé no se fuera a arrepentir y regresara a ensuciarme el muro.
Lo de mi primo fue más suave. Insultó a gente de nuestra familia que me cae mejor que él y viven por Murcia y acabó hablándoles en catalán porque temía ser menos independentista (pero sin miedo a ser más imbécil, un valiente en eso). Le bloqueé pero no sé si se habrá dado cuenta. Es otro que solo se comunica mediante el corta y pega. Menos cuando ofende a la familia.
Aún me quedan indepes en el facebook pero no molestan. Hablan con sus palabras. No estoy de acuerdo con sus ideas pero ven sus fallos y los opuestos, saben autocriticarse también, les veo honestos aún en sus divergencias conmigo. No me abruman con Gifs, memes y todo ese “cortapegueo” que está muy bien si lo alternas con tus palabras pero que si solo es eso, mal vamos, tu sesera está vacía. Prefiero que me respondan con faltas de ortografía y gramaticales a que me pongan un emoticono o una frase de un tipo al que acaban de santificar porque dice lo que ellos piensan (Assange por ejemplo). Me molesta el tufo a secta que empiezan a soltar algunos. No creían en ningún dios pero necesitaban idolatrar algo, en el fondo los creyentes siempre existirán. Y los que sólo tienen su creencia y nada más que eso también. Son pocos pero reales. Capaces de abandonar su teatro y sus cines o cualquiera de sus antiguas aficiones por una bandera que parece alimentarles. Cambiando el amor a su tierra (positivo) por la pasión u obsesión enfermiza. Y sí, ya sé que este tema cansa. Espero salir como sea de este asunto. Tengo otros privados que me importan más, como dije arriba.
Así que las últimas semanas he probado Twitter, que “es lo que está pasando”. Un lugar dónde como te calientes un poco más de la cuenta puedes decir algo que te deje sin trabajo y te regale una multitud de haters exagerada. Ideal para un impulsivo como yo.
Ideal también para un suicida.


P.D. Me despido con una cacerolada. La causa indepe tiene dos mártires que van a la cárcel. Este desastre no tiene fin. Se renueva a diario. Me voy a lo mío que es independizarme de la realidad que no me gusta. Ay, mis libros.  

04 septiembre 2017

Al calor del sol en una calle



Este post lo escribí antes del anterior pero el tono alegre y dicharachero no tocaba en ese momento así que lo incluyo ahora. Es de principios de Agosto. Qué tiempos aquellos. 

Teníamos que resolver algunos asuntos con el banco. En realidad ella, mi compañera. Su última lucha era reclamarle algo al Goliath particular que lleva nuestra hipoteca. Yo decidí quedarme al sol y con un libro. Iba para largo. Me defendí del calor con una gorra. Con la visera en el lado adecuado, por delante (he observado que los adolescentes la llevan para atrás consiguiendo subrayar con ese aspecto la imbecilidad que ya les presupongo debido a su edad).
Era el Paseo de Gracia de Barcelona. Una de las calles más caras del mundo. Por eso la gente sólo pasea y observa o hace fotos. Si fuera un alien podría haber recogido muestras de humanos de cualquier lugar del planeta en pocos minutos.
De todas formas si pasáis por allí y os encontráis con un argelino de aproximadamente uno con sesenta y ocho de alto, de complexión media y con el cabello hecho de rizos diminutos y moreno tendréis un ejemplo más pintoresco de lo que se cuece por ese lugar. El contraste. Tiendas en las que no se puede comprar por el precio y alquileres de ciencia ficción sobre vendedores del top manta y mendigos. Alguno de ellos como el que me ocupa, con más cara que espalda.
Le conocí hace unos diez años ya. Se me acercó sonriente pero predecible. Me quería hacer una pregunta. Ya por esa época me sabía el libreto. Que si había perdido la cartera y perdía el último tren para su lejano pueblo que salía a cualquier hora del día, podían ser las doce del mediodía, que si le prestaba algo para no quedarse en la estacada, blah, blah, blah... Un clásico, vamos. Yo le dije que no llevaba nada y él empezó a llamarme racista. Yo me enfadé por esa agresividad pedigüeña y le mandé a la mierda. Hasta le dije que sí, que yo debía ser racista porque me estaban entrando ganas de soltarle una buena hostia y luego tirarle al suelo y patearle la cabeza. Al decírselo a gritos le parecieron buenos argumentos porque se fue. La gente que me escuchó y miraba también se alejó. Si ves a alguien gritando siempre parece el malo. Y puede que así sea.
Con el tiempo lo he visto más veces. Cuando me reconoce pasa de mí pero le he visto hacer lo mismo con otros. Se acerca a un turista, le pregunta el idioma, le habla en inglés, francés y castellano. Luego le explica que ha perdido el tren. Si le dicen que no hay dinero empieza con lo de “¡racista, racista!”. Una década en la que el tipo no se ha aprendido los horarios de los trenes ni a guardar la cartera con el dinero.
Como estaba leyendo y con gorra se me acercó con lo de “¿Te puedo hacer una pregunta?”. Le reconocí sin verle así que levanté la cabeza y le dije con mi diplomática forma de gestionar estos conflictos un rotundo y casi enloquecido “¡No!”. Le vi el odio y el reconocimiento en los ojos. Iba a responderme. Pero apareció una chica sonriente que me quería hacer otra pregunta. “¿Disculpe, la calle Aragón?”  Mientras le respondía, el tipo se fue alejando pero de vez en cuando se volvía y me miraba con ganas de volver y tal vez apuñalarme (pero es una calle tan concurrida…). 
Luego ya me convertí en un punto de información más amable. Otra chica que iba con el novio que se quedó en segundo plano y como si la cosa no fuera con él, me preguntó que dónde estaba el metro más cercano. Esto de los hombres que no quieren preguntar a otros hombres ni a nadie y dejan que sus parejas femeninas lo hagan por ellos debe ser porque demostrar ignorancia les hace o nos hace sentir como que tenemos la polla más pequeña. Lo he visto mucho. Yo mismo lo he practicado pero no sabría decir por qué soy tan reacio a ir preguntando por ahí. Siempre es igual. Ellas se acercan y formulan la cuestión. Ellos miran para otro lado. Alguno por lo menos se recupera y te da las gracias por la información al unísono con su pareja.
En poco más de media hora informé sobre diversas calles cercanas, medios de transporte, la ubicación de varios monumentos importantes, me cambié de farola para que un tipo con acento eslavo colocase su bici con cadena, me sumé a un grupo de turistas al que un guía les explicaba en inglés la Pedrera de Gaudí… No leí mucho pero estuve entretenido. Luego mi compañera salió contenta y casi helada por el aire acondicionado de la oficina del banco y nos regresamos para casa.
Cerca del metro vi algo que me interesaba. Era el de Algeria, estaba a punto de preguntarle algo a un turista. Le di los horarios de trenes y me fui dejándole mirando el panfleto.
-      ¿Qué haces?- me dice mi compañera.
-      Buscando que me partan la cara.
Ella se encoge de hombros y me dice que como siempre, pero que ya se lo contaré. Tiene que explicarme lo del banco. Sus nuevos triunfos legales.
Vosotros ya estáis avisados por si alguna vez os pasáis por ahí. Os he presentado al individuo. ¿Subvenciones a los pierdetrenes y pierdecarteras? Es vuestra decisión, yo en eso no me meto.