02 enero 2018

Instagram



Escribo esto desde el día dos del nuevo año. No le he pedido nada al 2018. Sólo noto que cambiamos de año porque suben los precios pero parece que no porque nos ilusionan cinco minutos con las rebajas. Por lo demás el 2018 no es un señor que me vaya a dar nada que le pida si no me pongo a buscarlo por mí mismo. Salvando las distancias soy como el personaje Conan el bárbaro de Robert E. Howard, un tipo que tenía un dios que pasaba de sus creyentes para que sus creyentes se sacasen ellos mismos las castañas del fuego. Para que pidieran menos y obrasen más. Me identifico entonces con los cimerios (aunque donde vivo los mossos me tienen prohibido arreglar las cosas a espadazos).    
Soy tan poco supersticioso que ni siquiera empiezo el año con la cara de Hámster que te dejan las uvas. Ni con lentejas ni con nada. Las campanadas me importan tanto como el vestido de la Pedroche, cero patatero. Pero como excusa para quedar con la familia ya va bien. Con todo lo malo que conlleva necesitar excusas para eso.
Aproveché para mirar mi Instagram desde el móvil de mi sobrina. Yo no soy capaz de encender el mío más de dos horas seguidas así que tampoco tengo un modelo que permita cargar esa aplicación. Me falta memoria. Lo tengo desde el PC pero desde ahí no me dejar colgar nada. O no sé. Tengo 23 seguidores de todos modos. Gente conocida y gente extraña que no conozco y que me sigue sin tener ni una sola publicación. ¿Por qué? Mi Instagram es tan divertido como ver crecer la hierba u observar a un muerto. Incluso aquello es más divertido. El muerto se corrompe y hay cambios, algún tipo de novedad. La hierba termina por hacerse más alta. Pero mi Instagram sigue igual, no aporta nada. Estoy viendo que en ciertas plataformas el término seguidor está sobrevalorado. Por lo demás es un mundo maravilloso.
De momento sólo encuentro valiosos los que aportan una buena foto o un buen texto con la foto. Los otros… Bueno, hay de todo. Tengo un amigo escritor que se ha liado con una chica que podía ser su hija. Se ha hecho un Risto en toda regla. No me parece mal pero ella siempre sale con la lengua fuera o poniendo morritos y él desde que está con ella también. Hasta el punto que si los veo por la calle y no deforman su cara de alguna forma voy a ser incapaz de reconocerles. Se han metido en el mundo de posar a cámara con cara de tener algún problema mental pero en plan divertido y ya no sé quiénes son. El resto es más de lo mismo de Facebook. Un álbum de fotos que antes te sacaban en las visitas ahora lo tienes a vista de propios y extraños. Nuevos sobrinos, hijos, familiares sonrientes, comidas de fin de año, sonrisas a cámara (eso a mí no me pasa porque es muy difícil captar una foto mía en la que no salga con un zapato en la mano a punto de tirárselo al que me quiere hacer una imagen “robada”), los platos cocinados que fotografiaron y que son como luz de las estrellas muertas que llega a la tierra, agua pasada, platos que ya no existen más que en el tracto digestivo de sus creadores…
Pero terminé el año con una seguidora razonable. Mi “querida” P. estaba por allí y la descubrí en el móvil de mi sobrina. No pude evitar mirar con la malsana curiosidad que sólo un ex puede desarrollar por esa relación que quedó incompleta. Hacía algunos años que no tenía imágenes suyas nuevas. Al menos en no mostrarnos mucho al mundo, P. y yo éramos y somos parecidos. Pero sólo descubrí que en su Instagram fotografía uñas postizas y cosas así. Tenía un par de fotografías más interesantes con sus pies, una de las cuales sobre el salpicadero de un coche frente a un mundo de autovías con escasa circulación y otra en Sitges, disfrutando del pasado Julio en una tumbona. Otra me mostraba su melena de espaldas. Me lo estaba poniendo muy difícil y mi sobrina ya había aguantado más de dos minutos sin su móvil y amenazaba con ponerse más violenta que yo que ya he dicho que soy un bárbaro cimerio. Pero entonces la vi. Tenía dos fotografías con su cara. Una en blanco y negro y borrosa con un perro en la que ponía un poco de morritos ¡Vale ya con las caritas estúpidas en los posados! ¿Somos niños o somos gilipollas? Pero en la otra fotografía posaba de modo relajado en una probable selfie. Era la nueva P., la que es ahora. Una imagen de pocos meses atrás. Con ocho “me gusta” reales y uno apócrifo y reservado, el mío. Una versión mejorada de la que conocí. La observé poniéndome de lado instintivamente, protegiendo el móvil, con lo que ya desperté como mínimo la curiosidad de mi “sobri” que dijo “¿escondes algo, tito?”. Le dije que estaba viendo el Instagram de David Bowie. Pero no pareció muy convencida. Me dijo que estaba muerto y no entendía por qué me estaba girando tanto en el sofá. “Es que estoy más cómodo en esta posición y los cantantes muertos, por cierto, tienen gente que les coloca fotos en su Instagram, dame un minuto más, sólo un minuto”, zanjé el tema. Y luego se lo robé como dos minutos hasta que mi sobrina intentó quitármelo de las manos, forcejeamos, le dije hola a alguien invisible detrás suyo, ella cayó y miró, le conseguí quitar el móvil me fui corriendo al cuarto de baño y allí cerré la sesión para terminar devolviéndoselo. Todavía no me lo ha perdonado y me hace preguntas incómodas. La curiosidad de los adolescentes es de un nivel infernal.  
Pero me había quedado fascinado por ese rostro. El de P..Más guapa que nunca. Aunque eso sí, luchando conmigo porque lo sé. Los males parecen mayores cuando se ven de lejos, decía Julio César. Los ex pueden parecer mejores también en Instagram, añado yo. Mucho mejores si no hay que tratar con alguien con quién sabes que hay química, pero de la que mezcla elementos y explotan y mueren todos. Por favor, tengo que recordar de una maldita vez que lo de ex fue por algo.

Feliz año.    

19 noviembre 2017

La importancia de la sanidad pública en nuestras vidas



Empecé a ver extraños símbolos en mi ojo izquierdo. Fabricados con hilos y moscas. Como me paso la vida leyendo, mi pseudomédico subconsciente me avisó que podía tratarse de un desprendimiento de retina. Como no me dolía, me lo tomé con algo más de calma de lo necesario. Lo justo para que en el ambulatorio la doctora me sacase la tarjeta amarilla por acudir dos días tarde. Añadió un extra de miedo psicológico hecho de silencios frente a la pantalla del ordenador, de mover la cabeza en negación callada, de decir “uy,uy” sin aportar nada más, de añadir un inútil “debió venir usted antes”(¿Se puede ir atrás en el tiempo y arreglar ese tipo de torpezas?), de…:
-      No quiero asustarle pero esto no me gusta nada- me dijo intentando no asustarme mediante el efectivo método de aterrorizarme.
Me estudió el ojo. Meneó la cabeza, me vi necesitando un Lazarillo de Tormes para hacer revival de la picaresca española. Volvió a preocuparse con esa extraña manera de no alarmarme. Finalmente me hizo un volante para urgencias y me deseó suerte como el que sabe que envía a alguien a una segura muerte. También me recordó que existen las analíticas y el maravilloso mundo de la medicina preventiva. Se quejó de que casi no tenía datos sobre mí. Será porque voy sólo al médico en caso de urgencias.
En urgencias, tras la burocracia de una recepcionista y una sala de espera me enviaron a la sala que me tocaba. La de los ojos enfermos. Rodeado de historias oculares para no dormir o por lo menos para hacerlo con la vista en muy mal estado. A una señora le bailaban los ojos en las órbitas, a un señor se le había llenado de manchas el mundo casi como a mí, un joven apretaba los dientes dolorido como un mártir de lienzo antiguo y miraba hacia arriba con los ojos cerrados mientras su pareja le daba besos en el cuello intentando sanarle con amor.
Y el tiempo se detuvo. La sanidad no tiene recursos para hacer que las urgencias sean verdaderamente urgentes.
Entré en el dulce coma del tedio. Quería entretenerme pero el móvil no es para mí y twitter estaba poco interesante, no me gustaban las tendencias del día. Cuando ya hacía el tonto con el buscador de voz de Google Chrome y le decía cosas como “biribiribiriri” a ver qué pasaba (nada), me llamaron. Vi la envidia en los insanos ojos de los que dejaba atrás.
Una joven muy guapa me echó unas gotas para dilatarme la pupila y ver mejor en detrimento de que lo hiciera yo, y comenzó a trastearme en los ojos. Que los moviera a derecha, izquierda, etc.:
-      Uuuummmm. Oh si…. Sigue así…. Lo haces muy bien… Oh, sí, sigue…
Esto que puede parecer el doblaje de una peli porno me pareció el nuevo tono amable para evitar irritar mas al paciente que tal y como dice su nombre, viene de al menos un par de horas de espera y ha perdido esa paciencia que se le supone por sustantivo. También he leído por ahí que se denuncia menos a los médicos que nos caen bien que a los que no. Independientemente de su competencia.
Me dijo que no me veía nada. Que estaba aprendiendo y tal. Llamó al médico que parecía capitanear el equipo. Un tipo joven y no menos amoroso que ella. Saltó desde su lado de la consulta como un simpático duendecillo y me lanzó un “¿Qué tal?” tan meloso que me recordó al modo paternalista con el que tratamos a los niños, los abuelos y los retrasados para que se sientan menos niños, abuelos o retrasados. Aunque yo un poco tonto sí me sentí. Ese amor de fiesta infantil no me acababa de convencer.
El tipo se puso con mi ojo. “Ummm, oh, sí, lo haces muy bien”, más de lo mismo. Me debieron tocar ese día los pervertidos. Aunque ahora la barba del tipo no me motivó tanto como para regresar a una erección. Pero su compañera ya se había ido a comer.
-      Creo que es un pequeño desgarro. No podemos dejarlo así. Si tengo libre la sala de operaciones te lo cierro ahora.
-      Si quiere vuelvo otro día- dije yo repentinamente preocupado.
-      No, espera fuera y ya te aviso.
Así que me devolvió al infierno de la sala de espera. Mucho más rato. Pendiente de una operación como el que espera una guillotina. Esto no entraba en mi guión, la vida te da sorpresas y no necesariamente buenas.
Regresé a molestar a Google Chrome y su búsqueda por voz: “trrrrrrrriitttpizzzz”. Nada, sin resultado. No busca sonidos sin sentido.
Finalmente salió el duendecillo saltarín. Con otro saltito. Que le acompañase a la operación. Tan contento como si fuésemos a celebrar mi cumpleaños con pastel de chocolate.
Pasamos los entresijos de un laberinto de pasillos, camillas y gente que corría por todos lados. Ya en la sala la operación debió durar cinco minutos. También tuve que hacer gimnasia de ojos y mirar para donde dijera mientras me jaleaba:
-      Oh, sí, lo haces muy bien, sigue así… Ahora sentirás un pinchazo en el ojo que te dolerá pero no pasa nada y… ya casi está, ooooooh, sí.
Me dijo que ya estaba y algunas indicaciones como que no moviera la cabeza como un loco durante unos días.
Ya en la calle me dirigí por un mundo distorsionado por las gotas dilatadoras de pupila. Un planeta plagado de sombras amenazadoras. La mayoría inofensivas salvo las que rugían como el motor de un coche o un autobús y amenazaban con aplastarme bajo sus ruedas.

Me moría de hambre. Había perdido medio día. Me metí en un local que olía a comida y pedí un kebab. Por el sabor parecía serlo pero no puedo asegurarlo. Como he dicho, no veía muy bien. 

30 octubre 2017

Un mundo en cada persona



Salgo temprano el Domingo. Ronda de cafés para todos menos para la de trece años, mi sobrina.
Esperamos a mi padre que ha decidido unirse a la manifestación. Mi madre dice que vale, que aprueba, pero que defiende la patria leyendo un libro en casa porque le da palo arreglarse. Y porque tampoco es que sea de salir mucho, le pasa como a mí pero en peor.
Mi cuñado llegará pronto con su armamento de cuñado. Es perfecto como opinador. Y esta situación es un no parar. Pero creo que esta vez ya estamos un poco cansados del tema. Incluso aunque nos manifestemos. Todo lo que digamos será utilizado en nuestro aburrimiento. Porque todo se ha dicho ya. Tuiteo un poco en plan conductor dominguero, con insultos de ida y vuelta. Me relaja. En notificaciones me han llamado facha (otra vez), gilipollas y dos tipos quieren que les chupe la polla. Literalmente. Creo que son homosexuales activos así que decido hacerme el interesante y no responder, dejarlos a la expectativa, como su presidente republicano cuando habla sin decir nada. Se añade un tercero que dice que me den por dónde sabe que me puede doler.   
-      Deja el móvil- me dice mi hermana- ¿No viene L.?
-      No, está en el polideportivo- miento, estamos en el mismo piso pero separados nuevamente por diferencias autistas del estilo España-Cataluña aunque no es la política la causa, claro.
Mi padre aparece con su capa de bandera española. Mal empezamos. Yo voy a manifestarme de una manera más suave, de civil. A mi padre y a mi sobrina les une en cambio el look carnaval. Da igual. Casi todos irán así. Yo de todos modos sigo con mi alergia a lucir distintivos.  
Terminamos los cafés. Hago una elipsis y aparecemos en Barcelona a las diez treinta. Ya hay mucha gente y trapos al viento. Como la guerra pero sin muertos y con mucho festejo. Todo son vivas. Se supone que desde el viernes estamos en una república pero sabemos que eso sólo existe en la mente del que la deseó.
Empieza a sonar Manolo escobar y miro con preocupación a mi padre. Sé que para eso es peor que yo con David Bowie y puede empezar a cantar, amenaza con hacerlo. Hora de largarme. Pero si me alejo mucho corremos el riesgo de extraviarnos. La mani es apretada en plan lata de sardinas. Cerca de las doce del día es difícil avanzar a un lado u otro. Pero veo a un par de vecinos y me dicen que ahora son exindepes y me dicen de tomar algo y les digo que sí.
-      Nos llamamos y quedamos luego- le digo a mi hermana y compañía.
-      Pero…
-      ¡Viva España! – y con esa respuesta que no deja responder desaparezco. Por cierto, Manolo Escobar aparece desde varios lugares, no sé quién lo reproduce ni de dónde llega pero es difícil esconderse de su fantasma sonoro.
Nos tomamos una cerveza, arreglamos la patria con la facilidad que da no tener la responsabilidad de hacerlo realmente y llamo a mi hermana.
-      ¡Estamos en Zara!- quiere decir que están a esa altura del paseo de Gracia. Voy para allá.
Veo un grupo de falangistas que asustan más de lo que convencen. En esta mani hay de todo. Como en todas, supongo, pero me molesta gritar cerca de esos tarados. Hay algo que está mal. Y que me hace sentir sucio.  
Vuelvo a mirar twiter y una chica asegura que soy un imbécil. Le explico que un insulto no es un argumento y pregunta que si soy gilipollas. No tengo tiempo para responderle ni ganas. Pongo cuatro tonterías más por la red del pajarito y me voy en busca de mi hermana. Pero casi no puedo moverme. Aquí ya no vas, te llevan. Es mejor dejar que pasen las proclamas desde el escenario y esto se deshaga, tampoco durará tanto.
Lo vivo como un día de fiesta. A veces grito con la multitud que te recarga de energía falsa borreguil y otras veces me acuerdo de mi madre tan ricamente sentada leyendo el último libro que le presté. Miro twitter una vez más y veo gente que también se acuerda de mi madre. Un saludo para todos, amigos.
A las dos y media siento que la multitud me desata. Grito un poco “¡Viva España!” cuando vuelvo a pasar cerca de falange o los de VOX (no vaya a ser que al verme sin bandera me crean republicano y me suelten una hostia o me pateen un rato en el suelo).
Estoy hablando con mi hermana por el móvil otra vez pero ya la veo a lo lejos, cerca de la Rambla.
Cuando me acerco veo con horror que mi padre ha empezado a animarse con Manolo Escobar que no se rinde. Y baila. Y mi sobrina le secunda.

Está claro que en el objetivo general de una manifestación coincidimos muchos. En los matices no. 

16 octubre 2017

Malos tiempos para casi todo



Una amiga me ha preguntado si todo el asunto este de la independencia ha mermado mi creatividad bloguera, que no publico. No. Más bien ciertos temas personales. No estoy en mi mejor momento a ningún nivel. Pero no vengo a contar mis miserias. Supongo que lo haré cuando pueda reírme de estas. Lo de la independencia, en cualquier caso, afecta de otros modos. He perdido un amigo de toda la vida de Facebook y un primo lejano que no me servía de mucho y al que no veo en persona desde que tenía cinco años. Parece que se alargará lo de nuestro futuro encuentro.
El amigo llevaba tiempo dando su “masterclass” de por qué España son los otros, la caverna, los fascistas, los que nos roban, etc. Lo que yo vengo a llamar sus mierdas. Un “corta y pega” de meses que me colapsaba el muro y asfixiaba los mensajes de gente que me importaba más que él. Este es el mismo que no comía tortilla de patatas porque le parecía muy española, la gastronomía también le parece facha. Matrícula de honor en gilipollez. Estos títulos los concedo yo en la academia que me acabo de inventar, no me hagáis caso, estoy un poco descontrolado.
La última fue cuando el amiguete llamó fascista a todo el que había ido a la manifestación unionista de hace ocho días. Yo, que no escribía mucho en facebook por no liarla y porque lo uso poco, esta vez sí hablé. Precisamente para liarla. El viejo Sergio de color verde furia que no me gusta. Y no me gusté otra vez. Qué asco de testosterona.

Yo- Yo no fui a esas manis porque estaba trabajando. Pero hubiese ido de poder. La independencia es una fuente de miserias económicas para todos. Y a mí las banderas me la sudan. ¿Soy fascista por haber ido? ¿Yo que nunca he usado esos trapos de colorines?

Él- Los que van a esas manifestaciones defienden el fascismo.

Yo- O sea que cuando veo a Otegui haciéndose la foto con tu amiga la Forcadell te puedo llamar terrorista a ti por estar en sus manis.

Él- Siempre estáis con lo mismo.     

Yo- Siempre os quedáis sin respuesta. Porque habláis como robots. Lo que diga la ANC u Ómnium. Yo al menos te respondo con mis palabras. Y no generalizo. En las manifestaciones hay gente de todo tipo. Y el trapo español no siempre es sinónimo de fachas. Vale ya de complejos, que la Guerra Civil no fue ayer, rencoroso de…

Él- Demuestras que eres un facha tú también.

Yo- Y tú un borrego, un auténtico lemming, un fanático, un…

Fin de la conversación y bloqueo. Por si acaso yo también lo bloqueé no se fuera a arrepentir y regresara a ensuciarme el muro.
Lo de mi primo fue más suave. Insultó a gente de nuestra familia que me cae mejor que él y viven por Murcia y acabó hablándoles en catalán porque temía ser menos independentista (pero sin miedo a ser más imbécil, un valiente en eso). Le bloqueé pero no sé si se habrá dado cuenta. Es otro que solo se comunica mediante el corta y pega. Menos cuando ofende a la familia.
Aún me quedan indepes en el facebook pero no molestan. Hablan con sus palabras. No estoy de acuerdo con sus ideas pero ven sus fallos y los opuestos, saben autocriticarse también, les veo honestos aún en sus divergencias conmigo. No me abruman con Gifs, memes y todo ese “cortapegueo” que está muy bien si lo alternas con tus palabras pero que si solo es eso, mal vamos, tu sesera está vacía. Prefiero que me respondan con faltas de ortografía y gramaticales a que me pongan un emoticono o una frase de un tipo al que acaban de santificar porque dice lo que ellos piensan (Assange por ejemplo). Me molesta el tufo a secta que empiezan a soltar algunos. No creían en ningún dios pero necesitaban idolatrar algo, en el fondo los creyentes siempre existirán. Y los que sólo tienen su creencia y nada más que eso también. Son pocos pero reales. Capaces de abandonar su teatro y sus cines o cualquiera de sus antiguas aficiones por una bandera que parece alimentarles. Cambiando el amor a su tierra (positivo) por la pasión u obsesión enfermiza. Y sí, ya sé que este tema cansa. Espero salir como sea de este asunto. Tengo otros privados que me importan más, como dije arriba.
Así que las últimas semanas he probado Twitter, que “es lo que está pasando”. Un lugar dónde como te calientes un poco más de la cuenta puedes decir algo que te deje sin trabajo y te regale una multitud de haters exagerada. Ideal para un impulsivo como yo.
Ideal también para un suicida.


P.D. Me despido con una cacerolada. La causa indepe tiene dos mártires que van a la cárcel. Este desastre no tiene fin. Se renueva a diario. Me voy a lo mío que es independizarme de la realidad que no me gusta. Ay, mis libros.  

04 septiembre 2017

Al calor del sol en una calle



Este post lo escribí antes del anterior pero el tono alegre y dicharachero no tocaba en ese momento así que lo incluyo ahora. Es de principios de Agosto. Qué tiempos aquellos. 

Teníamos que resolver algunos asuntos con el banco. En realidad ella, mi compañera. Su última lucha era reclamarle algo al Goliath particular que lleva nuestra hipoteca. Yo decidí quedarme al sol y con un libro. Iba para largo. Me defendí del calor con una gorra. Con la visera en el lado adecuado, por delante (he observado que los adolescentes la llevan para atrás consiguiendo subrayar con ese aspecto la imbecilidad que ya les presupongo debido a su edad).
Era el Paseo de Gracia de Barcelona. Una de las calles más caras del mundo. Por eso la gente sólo pasea y observa o hace fotos. Si fuera un alien podría haber recogido muestras de humanos de cualquier lugar del planeta en pocos minutos.
De todas formas si pasáis por allí y os encontráis con un argelino de aproximadamente uno con sesenta y ocho de alto, de complexión media y con el cabello hecho de rizos diminutos y moreno tendréis un ejemplo más pintoresco de lo que se cuece por ese lugar. El contraste. Tiendas en las que no se puede comprar por el precio y alquileres de ciencia ficción sobre vendedores del top manta y mendigos. Alguno de ellos como el que me ocupa, con más cara que espalda.
Le conocí hace unos diez años ya. Se me acercó sonriente pero predecible. Me quería hacer una pregunta. Ya por esa época me sabía el libreto. Que si había perdido la cartera y perdía el último tren para su lejano pueblo que salía a cualquier hora del día, podían ser las doce del mediodía, que si le prestaba algo para no quedarse en la estacada, blah, blah, blah... Un clásico, vamos. Yo le dije que no llevaba nada y él empezó a llamarme racista. Yo me enfadé por esa agresividad pedigüeña y le mandé a la mierda. Hasta le dije que sí, que yo debía ser racista porque me estaban entrando ganas de soltarle una buena hostia y luego tirarle al suelo y patearle la cabeza. Al decírselo a gritos le parecieron buenos argumentos porque se fue. La gente que me escuchó y miraba también se alejó. Si ves a alguien gritando siempre parece el malo. Y puede que así sea.
Con el tiempo lo he visto más veces. Cuando me reconoce pasa de mí pero le he visto hacer lo mismo con otros. Se acerca a un turista, le pregunta el idioma, le habla en inglés, francés y castellano. Luego le explica que ha perdido el tren. Si le dicen que no hay dinero empieza con lo de “¡racista, racista!”. Una década en la que el tipo no se ha aprendido los horarios de los trenes ni a guardar la cartera con el dinero.
Como estaba leyendo y con gorra se me acercó con lo de “¿Te puedo hacer una pregunta?”. Le reconocí sin verle así que levanté la cabeza y le dije con mi diplomática forma de gestionar estos conflictos un rotundo y casi enloquecido “¡No!”. Le vi el odio y el reconocimiento en los ojos. Iba a responderme. Pero apareció una chica sonriente que me quería hacer otra pregunta. “¿Disculpe, la calle Aragón?”  Mientras le respondía, el tipo se fue alejando pero de vez en cuando se volvía y me miraba con ganas de volver y tal vez apuñalarme (pero es una calle tan concurrida…). 
Luego ya me convertí en un punto de información más amable. Otra chica que iba con el novio que se quedó en segundo plano y como si la cosa no fuera con él, me preguntó que dónde estaba el metro más cercano. Esto de los hombres que no quieren preguntar a otros hombres ni a nadie y dejan que sus parejas femeninas lo hagan por ellos debe ser porque demostrar ignorancia les hace o nos hace sentir como que tenemos la polla más pequeña. Lo he visto mucho. Yo mismo lo he practicado pero no sabría decir por qué soy tan reacio a ir preguntando por ahí. Siempre es igual. Ellas se acercan y formulan la cuestión. Ellos miran para otro lado. Alguno por lo menos se recupera y te da las gracias por la información al unísono con su pareja.
En poco más de media hora informé sobre diversas calles cercanas, medios de transporte, la ubicación de varios monumentos importantes, me cambié de farola para que un tipo con acento eslavo colocase su bici con cadena, me sumé a un grupo de turistas al que un guía les explicaba en inglés la Pedrera de Gaudí… No leí mucho pero estuve entretenido. Luego mi compañera salió contenta y casi helada por el aire acondicionado de la oficina del banco y nos regresamos para casa.
Cerca del metro vi algo que me interesaba. Era el de Algeria, estaba a punto de preguntarle algo a un turista. Le di los horarios de trenes y me fui dejándole mirando el panfleto.
-      ¿Qué haces?- me dice mi compañera.
-      Buscando que me partan la cara.
Ella se encoge de hombros y me dice que como siempre, pero que ya se lo contaré. Tiene que explicarme lo del banco. Sus nuevos triunfos legales.
Vosotros ya estáis avisados por si alguna vez os pasáis por ahí. Os he presentado al individuo. ¿Subvenciones a los pierdetrenes y pierdecarteras? Es vuestra decisión, yo en eso no me meto.  


23 agosto 2017

Atentado en Barcelona



5:15 Estaba en el trabajo. Todavía molesto porque habíamos discutido en casa. Eso hizo que cuando escuché gritos por la calle, pensase en forma de gruñidos contra los alborotadores. “Como salga, van a tener motivos para montar escándalo esos turistas borrachos”, pensé. Pero miré un monitor de control y vi que no había nadie. Se habían ido los alborotadores.

5:20 Un compañero entró en el trabajo y preguntó. “¿Por qué corre la gente por el Paseo de Gracia?”. Yo me encogí de hombros y él entendió que allí dentro sabíamos tanto o menos que el que venía de fuera. Por más que lo hiciera en coche.
Le llamaron por el móvil. Le escuché exclamar “¡Hostia!” mientras más gente aparecía y desaparecía a la carrera por el monitor. Y al verles correr de esa forma ya supe lo que pasaba. Cierto atavismo me dijo sin palabras que esa gente a la que veía tan mal y escuchaba de lejos, se movía con un terror que no he visto nunca antes. Busqué en el móvil del trabajo las noticias del día. Me salió la de un diario digital muy conocido.  Me había dejado mi propio móvil en casa, durmiendo al calor de la tarde como suele pasarle tantas veces en que lo abandono o sencillamente lo apago.  
El atentado había ocurrido unos veinte minutos atrás, en Plaza Cataluña, a dos calles de dónde estábamos. Y sí, ya todos los que estábamos o iban llegando venían con sus relatos, con sus hipótesis  o con sus miedos. Las tablets, los móviles y hasta el monitor de televisión que teníamos nos fueron informando de lo que sucedía. El sonido de los helicópteros en las pantallas se ahogaba con el ruido de los helicópteros reales que nos sobrevolaban.

18:00 Gente que pasa por la calle a la que conocemos y nos cuenta que estaba a punto de ir a pasear por la Rambla. Nos informan que todas las persianas de los comercios de la zona están bajadas.

19:15 Salgo a que me dé el aire, se oye un frenazo de coche y dos asiáticas gritan y me asustan a mí. Cualquier ruido afecta a la gente que pasea. Si tienen miedo, ¿por qué se quedan a molestar a la policía? Ah, sí, porque las muy gilipollas llevan un móvil con el que intentan filmar algo para reenviarlo por internet. Veo algunos adolescentes morbosos también con sus móviles a los que me encantaría enfundarles sus cacharros en el recto. Pero es inútil. No entenderían mi mensaje. El odio o la rabia se expresan mal.  

20:00 Vuelvo a salir y vuelvo a ver gente gritando por el sonido de una mosca (no tinc por? Ja,ja claro que tienen miedo, todos tienen miedo, no vengáis luego a decir que no os dan miedo los terroristas a no ser que consigáis convenceros a vosotros mismos y algo adelantemos). La policía saca a los de la tienda vecina y les dice que no hay peligro. A mí me dicen lo mismo pero que no vayamos por la zona acordonada.   
Yo no he conseguido sentir que la cosa fuera conmigo. Me siento alienado, sigo sin asimilar ese miedo. Pero al menos no molesto ni me meto en el trabajo policial o voy a hacer retratos innecesarios con mi móvil. Bueno, no lo llevo encima pero es que tampoco, vamos.

20:30 Llamo a mi madre desde el móvil de la empresa. Sabe que trabajo cerca y ha estado llamándome. Me pregunto si mi compañera seguirá molesta conmigo o también me ha estado llamando.

21:30 Un silencio casi sobrecogedor por dónde estoy. Sólo roto por el de las ambulancias y la policía en sus pesquisas.

23:00 Me voy para casa. En Plaza Cataluña no hay metro, en Paseo de gracia no hay tren. Camino hasta Universitat y tampoco hay metro. Todo acordonado. Vecinos que no pueden acceder a su casa increpan con insultos a la policía (en realidad sólo uno con aspecto de okupa, muy sucio de aspecto y de lengua y puede que de mente pero no le secunda casi nadie la pobreza de espíritu). Por fin consigo medio de transporte en Urgell.

23:45 Miro la televisión y no hay nada nuevo salvo las muertes confirmadas (que ya sabía mucha gente desde el minuto uno pero ya se sabe que lo de confirmar va con retraso). También que han abatido a uno de los criminales en un control. Enciendo mi móvil y veo que mi compañera me decía que llamase a mi madre sobre las siete de la tarde. Ella está ahora en su cuarto pero no duerme aunque tiene que madrugar. Oigo su radio transmitir.

Y al día siguiente el segundo atentado que suele acompañar al primero en Cambrils. Un poco más de sangre para la historia. En nombre de Alá. Yo pensaba que la gente creía en Dios para buscarse una vida futura no parar acabar con la que tienen.

A día de hoy, y a casi una semana vista del asunto veo lo de siempre. La gente diciendo lo que en todos los atentados. Los mismos apoyos a los unos. La misma repulsa a los otros. Los gestos infantiles de sacar pecho y decir que no nos dan miedo cuando sabes que si pones un petardo en sus manifestaciones la gente se matará literalmente por huir y sí, les vencerá la histeria colectiva.   
Lo que me preocupa por encima de todo es el bucle. Si cogen a un psicópata, la historia muere con él. Pero los terroristas son diferentes. Son muchos, lo están intentando todo el tiempo, no tienen miedo (ellos sí que parecen no tenerlo o por lo menos van drogados)…  Es un bucle porque todo esto lo hemos vivido ya y lo seguimos viviendo igual y todo indica que lo seguiremos viviendo. No veo avances ni nada que me inspire tranquilidad. Al final solo me inspira tranquilidad mi propio desapego. A la estadística me encomiendo y si muere más gente por accidente de tráfico que por terrorismo, pues con eso me quedo.
Una educadora social que es casi de mi gremio (estudié pedagogía) llora un poco en la prensa por sus “niños”, esos cariñosos terroristas a los que educó y se pregunta en qué ha fallado con ellos. No sé en qué ha fallado con esos chicos. Creo que más bien acertó el imán que les lavó el cerebro. Lo que sí sé es que se podía haber metido su carta lacrimógena y empática en el culo. No es momento para llorar por lo que hiciste tú o la sociedad, amiga. Vete a llorar terroristas a tu casa y respeta a la gente que está llorando a las verdaderas víctimas, los que murieron o fueron heridos o marcados por un trauma para el resto de su vida. Respeta a esta gente.
Hacemos bien en no culpabilizar a todos los musulmanes. Eso no nos va ayudar. Pero esos ejercicios masoquistas de “la sociedad esto” y “la sociedad lo otro” me enferman. En todas las sociedades hay fundamentalistas que quieren destruirlas (no solo musulmanes radicales, mira los supremacistas blancos por ejemplo). Hoy en día es más fácil matar por poco dinero. Pero la mayoría de la gente, le guste o no su sociedad, no sale a asesinar inocentes. El problema es tan complejo que honestamente no sabemos dónde está.
Sí, hay un Estado islámico que nos odia, hay una religión que malinterpretada o interpretada parcialmente puede ser muy dañina (como todas), hay un occidente cuyos gobernantes venden armas a oriente con las que este mismo oriente luego nos viene a matar…
Pero no tenemos ni la punta del iceberg del problema.
Supongo que lo que más me mosquea de todo esto es mi propia ignorancia sobre el asunto. Al menos la reconozco. Por eso es mejor que vaya dejando ya está larga entrada.

Tenía un post escrito hace dos semanas sobre Paseo de Gracia. Era en mi línea, claro. Pero como en cierta canción, “hoy no hay sonrisas”. 

29 julio 2017

Mi condena de tres meses a verano. Primer mes.



He estado de vacaciones. En el blog las comencé antes. No las he agotado todas, me gusta fragmentarlas para pensar que lo mejor no se ha terminado y no me toca volver a arrastrarme por un trabajo por el resto del año, que aún hay vida libre durante el curso 2017. Dejar un lugar indeterminado en el futuro cercano para volver a la parranda de la que nunca saldría si fuera rico.
He vuelto a disfrutar de la playa. Se ha vuelto un lugar común en este blog. Mi compañera no descarta sacarme a punta de pistola del país y hacerme regresar a nuestras antiguas visitas por Europa. Estaban bien. Menos cuando volaba en avión y alguna turbulencia me ponía al borde del infarto.
Tampoco echo de menos lo de ser yo el extraño en un lugar diferente, el fácilmente timable (especialmente por los taxistas, algunos de ellos, verdaderos carteristas con mucha intuición para apagar el taxímetro y cobrarte más con la intuición y el siempre inquietante “ojo de buen cubero”).
Tampoco tengo nostalgia por ese estrés de “tenemos que verlo todo”. Con esto me pasa como con ciertos cantantes en ciertos conciertos, que los veía mejor y más nítidos en la pantalla del televisor que in situ. Florencia me agotó la vista pero más las piernas, en Transilvania me volvió loco la gente que al verme solo (pero no solitario) me quiso inundar de compañía y de una semana de trasnochadas y madrugones extenuantes, en Viena mi sobrina me prestó su gripe pero bien, gracias, muy bonita; en Praga descubrí que hay gente más antipática que yo y que puede tratarse de un país completo… Y así sumo y sigo hasta llegar a este verano o el pasado dónde braceando en una playa de las siete de la tarde, hora en la que ya la gente se ha castigado tanto que me dejan la arena y el mar como si ya no lo quisieran, casi con la sensación de estar en un lugar privado, descubrí lo sencillo que es sentirse bien. Y los pocos kilómetros que necesito para lograrlo. Casi soy como un millennial, que al entender que el mundo virtual ha desvirtuado lo de ir a conocer sitios (se ven muy bien en sus dispositivos) optan por buscar sensaciones y no lugares. Supongo que habrán hecho lo de siempre. Ponerle un nombre en inglés a algo que ya conocíamos de otra forma y pensar que son sus descubridores. Pero yo no necesito nombrar a esto de buscar sensaciones agradables en vacaciones. Son “sensaciones” así que me limito a sentir y bracear por el agua.
También he descubierto que en los lugares costeros no se ven cucarachas. Así que este año me he evitado mis dos fobias preferidas, los insectos y viajar volando sobre grandes depósitos de combustible altamente inflamables (al menos de momento, mi compañera insiste en meterme en aviones y es muy convincente).
Me he sentido como el personaje de “Ciudadano Kane”. Un tipo que se hace rico y al final de su vida dice una palabra “Rosewood”, que sólo representa (alerta spoiler) el lugar de su infancia, como si lo más importante de su existencia no fuera su imperio económico y sí sus juegos en trineo por la nieve en su viejo pueblo natal. Pues yo di algunas vueltas por Europa, no muchas la verdad, y al final he regresado al mar primordial. Y me he sentido más descansado y feliz en lo de siempre que en lo otro.

Pero vamos, que en este plan pocos meneos buenos le puedo dar al blog. Las tonterías que me suelen pasar están ahí fuera.